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Juan Ramón de la Fuente

Seguridad y desarrollo

Nació en la Ciudad de México en 1951. Estudió medicina en la UNAM y psiquiatría en la Clínica Mayo de Rochester, Minnesota. Ha publicado m ...

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20 de febrero de 2013

América Latina es considerada la región más insegura del mundo. Resulta un tanto paradójico, ya que, aun cuando mejora su economía, la seguridad se deteriora y aumenta la violencia. Cierto es también que ha disminuido la pobreza, aunque no así la desigualdad, por lo menos no de acuerdo al Coeficiente de Gini, indicador aceptado para medirla.

En efecto, si se analiza el desempeño económico de América Latina en la última década, los resultados, según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), son razonables, sobre todo en el contexto global: el producto interno bruto (PIB) creció poco más del 5% y el desempleo disminuyó en alrededor del 4%. De manera paralela, los regímenes democráticos (con sus vaivenes e imperfecciones) también avanzaron y se fortalecieron en esa misma década, en la que la tasa de homicidios creció 11%. Se estima que al menos una de cada cuatro personas ha sido víctima de un robo durante el último año, y que 15% de las mujeres han sido víctima de la violencia sexual.

Para tratar de entender mejor lo que está ocurriendo, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) lleva a cabo un estudio minucioso en 18 países de la región, bajo la coordinación de Rafael Fernández de Castro, investigador del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). El grupo interdisciplinario que supervisa el propio subsecretario general de la ONU y director regional del PNUD, Heraldo Muñoz, junto con el académico mexicano, ha formulado cuatro preguntas relevantes para profundizar en el fenómeno: ¿por qué a pesar del buen desempeño económico la violencia, el crimen y la inseguridad continúan creciendo? ¿Cuáles son los impactos de la inseguridad en el desarrollo, en el tejido social y en la gobernabilidad democrática? ¿Cuáles han sido las respuestas del Estado, cuáles las de la comunidad internacional y qué lecciones nos dejan? ¿Qué intervenciones de prevención muestran los mejores resultados?

Un concepto que es fundamental para entender procesos complejos como el que nos ocupa es el de “crecimiento económico con calidad”, pues no basta con crecer económicamente en términos brutos. Crecer con calidad significa, entre otras cosas, dedicar parte estimable del esfuerzo a fortalecer las instituciones de las que todos dependemos, empezando por la familia, la escuela, la clínica de salud y, por supuesto, las instituciones de seguridad y procuración de justicia. Crecer con calidad implica combatir con eficiencia la impunidad, la corrupción y el desempleo; enfrentar eficazmente el abuso del alcohol y de otras drogas que erosionan el tejido social y propician la generalización de conductas delictivas, las cuales se multiplican en el contexto de la urbanización desordenada; frenar el fácil acceso a las armas de todo tipo y, en algunos países, como el nuestro, el narcotráfico, con sus descomunales ganancias y efectos inadmisibles en las tasas de mortalidad.

Por supuesto que parte del problema se relaciona también con la exposición de la sociedad a la violencia en sus diversas modalidades, continuamente presentes en los medios masivos de comunicación, así como al impacto que tienen, sobre todo en los niños, las distorsiones lúdicas de la violencia a través de diversos juegos en los que el que más mata, más puntos acumula (es decir, gana el niño que mata con mayor eficiencia, sin titubeos, sin errores, cuando se trata de ejecutar a otros).

El gran reto de la región parece ser cómo entender mejor y fortalecer la seguridad ciudadana desde la perspectiva del desarrollo humano; desarrollo humano que en América Latina nos muestra de manera inobjetable que no se limita y no necesariamente se corresponde con el desarrollo económico.

Estamos pues ante un fenómeno multifactorial, que necesita para su solución, estrategias mucho más complejas por parte del Estado y de la sociedad, porque dejar el problema exclusivamente en manos del Estado no funcionará.

Será preciso convocar y estimular a la ciudadanía para que sea más participativa, para que esté más comprometida y se sienta realmente corresponsable. Tendrán que sumarse los medios de comunicación, el sistema educativo, el sector productivo y las redes sociales. Habrá que poner el acento en la prevención. Se deberá trabajar en todos los espacios territoriales y con todos los actores sociales. Se requerirán recursos cuantiosos, y seguirá siendo más oneroso no disponer de ellos.

Seguramente los resultados del estudio del PNUD serán tan oportunos como bienvenidos. Se espera que salgan a la luz en el segundo semestre del año. Lo único seguro es que no habrá recetas mágicas ni fórmulas unívocas. Su implantación efectiva demandará una verdadera conciencia individual y colectiva que hoy por hoy no se percibe con la contundencia necesaria.

Un hecho consistentemente observable y que hay que tomar muy en cuenta es que la seguridad ha mejorado donde y cuando los ciudadanos se han involucrado responsablemente bajo diversas modalidades, pero siempre de manera no violenta. Aquí no caben ni la “justicia en propia mano” ni el “vigilantismo” en sus cada vez más diversas expresiones como son los denominados “grupos de autodefensa” que han proliferado en ciertas regiones del país. Cualquier forma de defensa civil sustentada en la violencia acaba por convertirse, inevitablemente, en una experiencia autoritaria que puede ser la antesala de las organizaciones paramilitares, de los “escuadrones de la muerte”.

Lo que se necesita entonces es diseñar mejores programas de organización ciudadana. Si entendemos la inseguridad como una suerte de epidemia quizá podamos ver con mayor claridad la importancia que tienen, en su prevención y en su combate, la organización social, el trabajo coordinado, la participación voluntaria, el liderazgo genuino, eficaz. Es verdad que en última instancia la responsabilidad es del Estado, pero no de manera exclusiva. Ojalá avancemos con menos retórica, con más resultados. Si queremos que el crecimiento económico se traduzca en un verdadero desarrollo social hay que orientar mejor el gasto, generar una política social menos clientelar, más eficiente, y mejorar la seguridad. No hay otra opción.

 

* Miembro del Consejo Asesor del PNUD para América Latina y ex secretario de Salud



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