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Ricardo Raphael

Necio olvido de los más jóvenes

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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11 de febrero de 2013

Al parecer nuestra sociedad de plano no supo leer el breve movimiento social que los jóvenes llevaron a las calles mexicanas durante el verano del año pasado. El desprecio por lo que le ocurre a la generación siguiente permanece igual o peor que antes. Acaso el gobierno entrante y los partidos creyeron que sólo se trató de una manifestación electorera y por ello continúan dirigiendo la mirada hacia otro lado.

Y sin embargo los datos duros están ahí, pidiendo a gritos una mejor interpretación. México ha vuelto a ser un país que no sabe cómo acomodar a su juventud. Del millón 200 mil empleos que se requieren anualmente para los jóvenes, la economía sólo produce 300 mil de carácter formal. ¿Qué opciones quedan para el resto? ¿La migración, el subempleo, el ocio, la ilegalidad?

En nuestro país los puestos de trabajo bien pagados y protegidos con prestaciones dignas no son para ellos: ocho de cada 10 sobreviven en la economía informal. En consecuencia su acceso a la salud es estrecho, la pensión para el retiro es sueño de opio, la obtención de créditos es prácticamente imposible, tanto como la adquisición de una propiedad donde puedan fundar una familia.

Llama poderosamente la atención esta circunstancia cuando demógrafos y economistas, por igual, insisten en la importancia de un bono demográfico que, de desperdiciarse, traerá un futuro nefasto para todos. Prueba de su estado vulnerable también está en las cárceles. Son ellos, principalmente los que transcurrieron pocos años en las aulas escolares, quienes hoy pueblan las prisiones mexicanas. Los reclusorios están habitados, al menos en un tercio, por jóvenes acusados de haber cometido un primer delito cuya cuantía, en promedio, no rebasa los 6 mil pesos. No debe suponerse que ellos tienen superior tendencia a delinquir que sus mayores. Lo que ocurre es que, siendo el eslabón más débil de la cadena, se han vuelto carnada fácil para que policías y ministerios públicos cumplan con su cuota mensual de consignaciones. Gracias a los jóvenes de este país es que el aparato judicial puede hacer como si trabajara, mientras deja impune la actuación de las organizaciones criminales.

Tal como expresara en su momento alguno de los líderes del movimiento #Yosoy132, la razón por la que, en el 2012, sólo en las grandes metrópolis se manifestó pública y masivamente la inconformidad de los jóvenes, se relaciona con que en el resto del país la inseguridad para marchar por las calles es mucha. Aquellos que han visto sus poblaciones penetradas por la criminalidad, los carros verdes de los soldados y las patrullas de la policía no están en condiciones de subirse a un par de zancos para llamar la atención, mucho menos para acampar durante la madrugada en una plaza pública.

Lo anterior no quiere decir que fuera la ciudad de México y otras urbes la existencia de los jóvenes sea más placentera, ni prometedora. Más bien ocurre lo contrario. Después de la llegada de Enrique Peña Nieto al poder, la sociedad mexicana, y sobre todo sus políticos, merecerían una mejor comprensión de aquel episodio social y, en consecuencia, un planteamiento serio para atender el origen del malestar. En cambio, lo que se observa es un terco menosprecio. A estas alturas, dos meses después de la toma de posesión, el Instituto Mexicano de la Juventud (IMJUVE) sigue sin contar con un titular. De todas las instituciones relacionadas con la política social, ésta es la más abandonada por el Ejecutivo. Así ocurrió durante la administración anterior y nada parece indicar que con la actual vayan a mejorar las cosas.

En el famoso Pacto por México los partidos y el presidente ignoraron la importancia del tema; en el Congreso los legisladores tienen fincada su preocupación en otras geometrías; la política pública dirigida hacia los más jóvenes se halla en el último lugar de la lista; el debate y la opinión pública también han desbarrancado, de sus prioridades, a esta causa.

Tal ceguera se hace epidemia. Ya nos pasó antes y hubo una revolución. Durante el porfiriato, el ascensor social dejó fuera a este robusto sector que a la postre se sumó masivamente a la bola. ¿Cuántos son en el presente los que, sin saber cómo concluyó aquel episodio, también han tomado la ruta de la violencia suponiendo equivocadamente un futuro mejor? ¿Cuántos son hoy inteligencia desperdiciada por nuestra economía? ¿Cuántos mano de obra alejada del progreso? ¿Cuántos los que un día dejaran de ser jóvenes pobres para volverse parte de un país de pobres y viejos?

Analista político



Editorial EL UNIVERSAL Reconstruir el tejido social


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