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Guillermo Sheridan

Más sobre el desdén mexicano al libro

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en ...

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29 de enero de 2013

Hace una semana comenté los recientes resultados de la encuesta de la Fundación Mexicana de Fomento a la Lectura (FonLectura) y las atolondrantes cifras que muestran que se lee aún menos que en el 2006, cuando sólo leía el 1.1% de la población. Continúo con el tema.

Hay quienes opinan que el desdén a la lectura es propiciado por “el poder” para conservar al pueblo “sumido en la ignorancia”. Por ejemplo, hace un año, cuando el hoy presidente Peña Nieto consiguió laboriosamente no decir los títulos de tres libros que habrían marcado su vida, el líder del PRD Jesús Zambrano declaró que eso era “un ejemplo personificado de lo que han hecho las políticas neoliberales impulsadas por el PRI y el PAN en las últimas décadas para convertir a los mexicanos en una población iletrada e ignorante.”

Es curioso que sostengan esto personas que se presumen lectoras y que, por lo mismo, se mostrarían renuentes a las sencillas gratificaciones del conspiracionismo. Vibra ahí un ingrediente mandatorio de los adversos a reconocer que “el pueblo” pueda tener un defecto cualquiera. Se culpa así la eficiencia de una intriga de la que el pueblo es víctima, sobre la evidencia de que el pueblo elige formas de cultura que ignora que califican de ignorantes. En la fantasía de los sentimentales herderianos, el intrínsecamente adorable pueblo, apenas sea derrotado el neoliberalismo, inundará librerías y bibliotecas arrebatándose libros de León Tolstoi, para ser todavía más adorable.

Esto se relaciona con la fantasía de que el libro libera de la opresión, mejora a la persona, le aumenta perspectivas, la hace feliz, le refina la moral, le ensancha horizontes, la induce a reflexionar sobre sí misma y sus circunstancias (y, por tanto -en una rara petición de principio- o lleva a ser de “izquierda”). La idea de que todo libro es revolucionario se resume a cabalidad, por ejemplo, en el discurso del capilar exjefe de la cultura cubana Abel Prieto: “Sólo un individuo educado, informado, cultivado con sólidas referencias culturales puede escapar de la manipulación y disfrutar a plenitud su libertad”. (Como en Cuba.)

Así las cosas, el eficiente complot neoliberal habría logrado que al mexicano no le interese la lectura y, por tanto, lo ha condenado al crijur de dientes de las tinieblas y la esclavitud. Cuadro triste, por cierto, pero que felizmente tiene su excepción en el DF, donde el complot ha sido vencido por las fuerzas del bien, que proclaman que sus triunfos electorales obedecen a que en la capital radica “la población más cultivada del país”. Esto es algo que el PRD dice sin asomo de ironía. Se deduce así no sólo que al votar por otros partidos los provincianos evidencian su definitiva estulticia, sino que los habitantes del DF leen exclusivamente ciencia ficción.

Encuentro encomiable que se lleven a cabo campañas para fomentar la lectura y, sobre todo, crear entre los niños la adicción al (como decía Larbaud) vicio impune de la lectura. No estoy seguro, en cambio, de la eficacia de imponer entre los reclutas la tesis de que leer fermenta utopías y conduce a una sociedad consciente, crítica, democrática y libre. Siempre es preocupante que el siguiente paso consista en ordenar cuáles son los libros adecuados para conducir al pueblo a esa libertad y, desde luego, cuáles no.

Continuará…



Editorial EL UNIVERSAL La reforma inevitable


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