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Ricardo Raphael

Dignidad burguesa

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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31 de diciembre de 2012

Este fin de año, un gran amigo, de esos que nunca dejaré de ver como maestro, me recomendó un libro extraordinario. No soy persona religiosa pero asumo los rituales y este fin de año devoré las páginas redactadas por Deirdre N. McCloskey esperanzado por una profecía en la que mucho quiero creer. Le pido al lector que no se deje llevar por sus prejuicios morales, sean éstos de izquierda o de derecha, con respecto al título de la obra: Dignidad burguesa. Como bien advierte la autora, en nuestras sociedades el término burguesía despierta harta desconfianza. No es culpa sólo del marxismo, sino también de la necia aristocracia que, desde su conservadurismo, prefiere mirarlo todo con persistente desdén.

El texto en cuestión no se dedica sólo a revalorar el papel del industrioso sujeto clasemediero, sino a tratar de explicar, desde una asombrosa erudición, las razones por las que las sociedades progresan.

McCloskey comienza diciendo que no es la economía sino la política y la sociología las ciencias que mejor permiten entender el avance material de las poblaciones humanas. A partir de esta sentencia desbarata sin contemplaciones cuanta teoría domina hoy el pensamiento y la acción de gobernantes y académicos.

Desestima, por ejemplo, la convicción de que los mercados libres y competidos son la clave para el crecimiento; también refuta los argumentos que vinculan los derechos de propiedad con la acumulación de capital y otorga poco valor al celebrado homo economicus que, abrumado por la prudencia, calcula a partir de costos y beneficios.

De acuerdo con esta historiadora, los mercados, los derechos de propiedad y los actores racionales han existido desde el origen mismo de la humanidad y por tanto no alcanzan a dar cuenta del porqué los seres humanos logramos dar un salto tan impresionante durante los últimos 300 años.

En 1800 apenas una sexta parte de la población podía cubrir el mínimo de sus necesidades básicas. Hoy al menos cuatro sextos han dejado tras sus espaldas las carencias más lacerantes. ¿Cómo explicar tamaña revolución?

Para desarrollar su argumento McCloskey comienza citando a Alexis de Tocqueville: el corazón de la respuesta se halla en la transformación de los hábitos de la mente que, primero en Los Países Bajos y en Gran Bretaña, luego en Francia y Estados Unidos, y a la postre en la mayor parte del mundo, hicieron que la dignidad y la libertad de la persona fueran más importantes que otros asuntos. Por eso asegura que la política, antes que la economía, está en el origen del progreso humano. La política que es capaz de producir un clima sociológico fértil para la producción y comunicación de las ideas.

El razonamiento se concreta como sigue: sólo si el poder político asegura dignidad y libertad, la comunidad humana puede multiplicar sus ideas y agregar valor de manera sistemática a través de la invención. Así dispuestas las prioridades, el mercado, los derechos de propiedad y la acumulación de capital son consecuencias y no causas del desarrollo.

Contrario a lo que algunos suelen hacer, es equivocado “reducir el liberalismo a una receta (…) basada en el libre mercado, las tarifas bajas, el control del gasto gubernamental y la privatización de los bienes; el liberalismo es, ante todo, una actitud hacia la vida y hacia la sociedad basada en la tolerancia (…) en el respeto hacia la riqueza histórica y la experiencia única de las diferentes culturas.” Se trata de una actitud que cada persona adquiere para dejar de asumirse subordinada. Es la aceptación social, otorgada por uno mismo y por la sociedad a la que se pertenece, que protege frente a la depredación del Estado o de quienes intentan apropiarse de los bienes que son producto del esfuerzo común o propio.

¿Cuán lejos estará mi sociedad de vivir a plenitud esta revolución de la mente? Si es largo el trayecto, ninguna de las llamadas reformas estructurales (derechos de propiedad, mercados libres, capitalización, atracción de inversiones) harán que mi sociedad despegue en su progreso moral y material.

Nada resulta de imitar las consecuencias cuando se ignoran las causas verdaderas. Un clima para la dignidad y la libertad, para la invención y la innovación, ese es mi deseo más potente para el año por venir. Gracias a McCloskey, por su texto, y a mi entrañable amigo Aldo Flores Quiroga, por su conversación anual que tanto me contagia de esperanza cada vez.

 

Analista político



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