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Arnoldo Kraus

Obama: "Sí, sí debes"

Arnoldo Kraus es médico cirujano por la UNAM. Realizó estudios de posgrado en Medicina Interna y Reumatología e Inmunología Clínica en el ...

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30 de diciembre de 2012

Escoger el eslogan apropiado no es sencillo. Requiere imaginación, creatividad y la obligación de seguir la máxima “menos es más”, cuyo mensaje implica decir mucho con pocas palabras. El eslogan de la primera campaña presidencial de Barack Obama, “Yes, we can”, sintetizaba el deseo del cambio y la necesidad de agruparse. Cuando finalice su segundo periodo presidencial, Obama no tendrá que imaginar nuevas frases bellas y contundentes. Deberá mirar hacia atrás.

Durante su primer periodo, y lo que lleva de éste, las matanzas de civiles por civiles han dejado correr sangre y tinta. La sangre de la masacre de los niños y adultos en la escuela de Newtown duele diferente por la inocencia de las víctimas y el heroísmo de las profesoras que dieron sus vidas para proteger a sus alumnos. Esta matanza debería marcar un nuevo compromiso presidencial. En esta ocasión el eslogan, escrito a partir de los cadáveres, es una exigencia societaria para Obama, “Sí, sí debes”.

Sin tercera campaña presidencial, como parte de sus obligaciones éticas —“estadounizar” la salud; cerrar las infernales cárceles de Guantánamo; disminuir el desempleo; abolir la pena de muerte, sobre todo en menores de edad—, Obama debe desarmar a sus conciudadanos y prohibir la venta de armas. Si lo hace, evitará nuevas matanzas en Estados Unidos y quizás, al acotar la venta de armas al narco mexicano, también disminuiría el número de asesinatos en nuestro país. El presidente Obama debe hacer algo más allá de sus empáticas palabras: debe prohibir la venta de armas.

No existe, qué raro, una especie de barómetro que mida, después de sopesar variables obligadas como el nivel de educación y la distribución del ingreso, el grado de desarrollo humano, ético y cultural de un país en relación al número de connacionales muertos por armas de fuego. Muertos no en guerras sino en las calles, en escuelas primarias (Newtown, 2012), en universidades (Virgina, 2007), en cines (Colorado, 2012), en templos (Milwaukee, 2012) y en un triste y largo etcétera. Si existiese ese barómetro, Estados Unidos, después de compararlo con “sus pares” (Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido, Francia) ocuparía el último lugar.

Imposible no ocuparlo: uno de cada dos hogares en EU cuenta con al menos un arma de las 270 millones disponibles para uso doméstico. Imposible no ocuparlo: 5% de la población mundial vive en EU; sus habitantes poseen aproximadamente 40% del total de armas a nivel mundial en manos de civiles. Cada año se cometen alrededor de 12 mil homicidios y 200 mil personas sufren heridas por armas de fuego. A guisa de ejemplo: en septiembre 11 de 2001, los atentados en EU mataron a 3 mil personas. Desde entonces han fallecido más de 140 mil personas por armas de fuego y más de 2 millones han sufrido heridas. Imposible no ocuparlo: el atavismo estadounidense choca con sus saberes culturales, científicos y médicos; anclados en la Segunda Enmienda a la Constitución de EU, aprobada en 1791, los defensores de la posesión de armas, aupados por la exitosa y poderosa Asociación Nacional del Rifle, siguen validando la filosofía de la Segunda Enmienda, cuyo leitmotiv otorga el derecho de poseer armas, “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar armas no será infringido”.

Han transcurrido más de dos siglos desde la enmienda. Las geografías históricas, humanas y políticas, y la geografía de la realidad, han cambiado. Si enmendar nuevamente la Constitución no es posible, sí lo es modificar la lógica imperante acerca de las armas y la estupidez de armar los hogares. La información periodística tras la matanza en el colegio Sandy Hook de Newtown es demasiado cruda: Adam Lanza, el criminal de 20 años, aprendió a usar las dos pistolas y el fusil con el cual asesinó a su madre en su casa y a 26 personas más, bajo la tutela de su progenitora, bajo el resguardo de la Segunda Enmienda, con la complicidad de la Asociación del Rifle.

El sueño guajiro de Obama debería consistir en enmendar nuevamente la Constitución y dejar, además, constancia de que el Premio Nobel de la Paz otorgado en 2009, cuando eran mínimos sus logros, por “su visión de un mundo sin armas nucleares”, tuvo razón de ser. Si Obama no ha conseguido el desarme nuclear sí debe desarmar a sus connacionales. Si cierra algunas tiendas donde las armas se venden como Coca-Cola light, evitaría, además, que el narco mexicano siga surtiéndose en las tiendas estadounidenses, enriqueciendo a sus dueños y matando a sus compatriotas. Hace unos días el mandatario estadounidense dijo “hay que pasar de las palabras a la acción. Debemos ser serios”. Veremos.

Del, “Yes, we can”, de Obama, al “Yes, you must”, para Obama, el trecho es tan largo o tan corto como la sociedad civil y el equipo presidencial lo quieran.

 

Médico



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