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Ricardo Raphael

El principio del fin

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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04 de diciembre de 2012

El gran poder de Elba Esther Gordillo Morales no encuentra su principal sustento en las cuotas sindicales, tampoco en el partido que creó para participar en la política electoral, ni en la inmensa fuerza económica que tiene a su disposición. El núcleo atómico de su poder proviene del control que ejerce sobre la vida profesional, y por tanto personal, de más de un millón 600 mil trabajadores. Ese ejército de seres humanos se halla a sus ordenes porque si alguno, por ingenuo o por revoltoso, decidiera desafiar la autoritaria estructura que gobierna la cúpula del SNTE, sería expulsado sin misericordia de su puesto de trabajo.

De aquí que la propuesta presentada por el presidente Peña Nieto para crear el servicio profesional del magisterio sea valorada como una acción que, sin ambigüedades, golpea en el corazón del poderío gordillista. Si México lograra transitar hacia un modelo de gestión docente centrado en las habilidades pedagógicas de las y los profesores, en vez del actual sistema que gobierna la vida magisterial sólo a partir de condiciones políticas, la tan anhelada reforma educativa alcanzaría proporciones de inmensa trascendencia.

Hoy los maestros no tienen control alguno sobre su materia de trabajo. Mientras un médico hace depender su futuro de la habilidad que tenga como galeno o un abogado de su destreza como jurista, actualmente el destino profesional de los docentes radica en la maña que tengan para hacer política sindical, o peor aún, grilla electoral. Si el maestro quiere mejorar su salario, conseguir más horas de clase, subir de nivel, volverse director, poco importa cuál sea el logro académico de sus alumnos; lo fundamental es que la estructura del SNTE aprecie su lealtad para realizar tareas que nada tienen que ver con el aula.

La principal consigna de la reforma anunciada debe ser devolverle autonomía y dignidad al profesor. Entregarle de nuevo la libertad de cátedra, la libertad de disentir, de criticar, de opinar, de militar, de creer y descreer en su organización sindical. No hay maestro que pueda enseñar los valores de la democracia, si al mismo tiempo está preso dentro de una estructura arbitraria, clientelar y represiva.

En las circunstancias actuales no hay condiciones para que el docente rompa con sus ataduras. Sabe que no es su voluntad la que gobierna su carrera profesional. Está consciente de que prepararse mejor, empeñar esfuerzos pedagógicos o dedicar horas para preparar su cátedra no son términos que el sistema premia. Profe que destaca y no milita está condenado a salir derrotado.

La cúpula del SNTE controla las comisiones mixtas que definen los ascensos del magisterio, también determina quién entra y quién sale del aula, quién asciende o, tanto más grave, quién se convierte en secretario estatal de educación, director general en la SEP o responsable de ejercer el presupuesto educativo.

A través de un mecanismo muy eficaz, los intereses de la dirigencia magisterial se apropiaron de la política pública más importante para el futuro del país. Volvieron a la educación un feudo privado, impune e irreformable. Cuentan con recursos financieros infinitos, artimañas electorales envidiables, y una capacidad de movilización que ha hecho temer a más de un gobernante.

Por lo anterior es que la propuesta de crear un servicio profesional de carrera magisterial, símil del servicio exterior mexicano, desarmará más temprano que tarde el reactor nuclear del poderío gordillista. De salir bien librada tal iniciativa nunca más un profesor habrá de responder a las presiones de la política porque su oficio dependerá sólo de su propia capacidad como docente.

Enrique Peña Nieto entendió de manera impecable el desafío: para devolverle al Estado mexicano la rectoría sobre la educación, lo más importante es construir un sistema de instituciones y normas que, lejos de los intereses partidistas, devuelvan honorabilidad a la profesión del maestro; que les hagan libres, autónomos, dedicados, pues, de tiempo completo, a su tarea principal.

El reto es mayúsculo porque el poderío de la señora Gordillo Morales cuenta con arsenales bien pertrechados para la defensa de sus intereses. El presidente no podrá sólo. O la sociedad y las demás fuerzas políticas refuerzan esta decisión, o bien todos saldremos perdiendo demasiado.

Cabe también esperar, no sin algo de ingenuidad, que la máxima líder del magisterio, ante una situación irreversible se sume con entusiasmo a la profesionalización de su gremio. Si así lo hiciera todavía la historia podría perdonarle algunos de sus abusos más detestables.

 

Analista político



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