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Héctor de Mauleón

Historia de una moneda de 1913



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03 de diciembre de 2012

Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com

Hace unos días, en una numismática del Centro, compré una moneda de plata de 50 centavos, fechada en 1913, el año de la Decena Trágica, del asesinato por la espalda de Francisco I. Madero, de la llegada sangrienta del usurpador Victoriano Huerta, y de los meses de horror que vivió la capital —en los cuales diputados, senadores, periodistas, militares y líderes de oposición desaparecieron, o sencillamente fueron ejecutados.

La guardé en la cartera y desde entonces comencé a tener sueños extraños.

En 1913 uno podía comprar muchas cosas, pero no la felicidad. Como había llegado al poder con las manos manchadas de sangre, Victoriano Huerta temía que le pusieran una trampa y casi nunca despachaba en Palacio Nacional: pasaba el día recorriendo las calles a bordo de un automóvil cerrado: citaba a sus ministros en las esquinas para resolver, borracho, a quién había que matar (dicen que odiaba a los extranjeros a menos que éstos se apellidaran Hennessy o Martell, como el coñac).

Cuando uno compra un libro en una librería de viejo, suelen aparecer marcas y anotaciones que dejan entrever un poco, sólo un poco, el pasado de aquel volumen.

A veces aparece en la primera página el nombre su primer propietario. En los ratos de suerte aparecen también cartas de amor, flores secas, boletos de tren e incluso fotografías: podemos saber si el libro que hemos adquirido perteneció a un hombre o una mujer, si ese hombre o esa mujer estaban enamorados cuando lo leían o si viajaron, con él en la mano, hacia una ciudad, una playa, un destino cualquiera.

No sabemos nada, sin embargo, acerca del pasado (o el futuro) de una moneda.

La mía pasó rodando de mano en mano por aquellos meses de horror.

Y luego atravesó un siglo entero hasta que vino a dar una numismática de la calle de Palma, y de ahí a mi cartera.

Alguien la tuvo en la bolsa y alguien compró con ella algo. Pudo estar del lado bueno o del lado malo de las cosas. Pudo servir para pagar el sueldo de alguno de los soldados que defendieron, en Palacio Nacional, al gobierno legítimo de Madero, o pudo servir para que Félix Díaz y Manuel Mondragón —los generales golpistas—, pagaran el tequila y la mariguana de la soldadesca que secundó el cuartelazo.

Borges afirma que nada hay menos material que el dinero: que una moneda es, en rigor, un repertorio de futuros posibles: “Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser las palabras de Epicteto, que enseñan el desprecio del oro”.

Esta moneda es también un repertorio de pasados posibles. ¿La tuvo uno de los que cayeron en el Zócalo el 9 de febrero, o estuvo en el bolsillo de alguno de los ciudadanos que quedó atrapado durante diez días bajo la metralla, sin poder comprar nada con ella —porque los comercios estaban cerrados y las bombas y las balas atravesaban de un lado a otro el cielo de la ciudad?

Como el Zahir de Borges, fue acaso un pastelillo en El Globo, una cerveza Toluca en el bar La Ópera, un boleto de cine en el Salón Rojo, una propina en el restaurante Sylvain, una dejada de taxi al final de un paseo entre los árboles de Reforma.

A cada instante de 1913 le puede corresponder otro instante en el que estuvo presente esta moneda, y eso me intriga y me fascina, y en algunos momentos me perturba.

Borges descubrió que un disco de plata puede simbolizar el libre albedrío. En aquel año lejano, con estos 50 centavos entre los dedos, alguien pudo elegir entre un vigésimo de lotería, unos cigarros Alfonso XIII, unas pastillas del doctor Richards (“para curarse de los eructos agrios”), una leche malteada de Horlick (“el alimento más completo para los enfermos”) o unas cápsulas de quinina marca Pelletier (“contra fiebres y resfriados”).

En todo caso, por ellos pasaron sentimientos, deseos, gustos, posibilidades, esperanzas, mientras un borracho a bordo de un auto decidía asesinatos y desapariciones, y la ciudad se hundía en la noche temblando de miedo.

Algo de todo eso habrá quedado en la moneda de plata. Tal vez —como en el cuento de Borges—, será mejor perderla para que en el repertorio de futuros posibles, alguien la reciba y le imagine otra historia.



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