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Porfirio Muñoz Ledo

Reinventar la izquierda

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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27 de noviembre de 2012

Surgió el 20 de noviembre Morena como organización nacional en vías de constitución de un partido político. El proceso culminó tras cinco años de recorrer todos los municipios del país y de celebrar en menos de tres meses asambleas en las 32 entidades federativas y en los 300 distritos electorales del país. El esfuerzo fue enorme y el propósito es claro: asentar sobre el esfuerzo social una nueva manera de hacer política.

Ahora serán cuatro partidos los que se ubiquen ideológicamente del centro a la izquierda, al lado de los cuatro que se colocan hacia la derecha. Un aparente equilibrio entre las fuerzas políticas que se proponen la profundización del neoliberalismo y las que intentan implantar un modelo incluyente, democrático y soberano en la conducción del desarrollo nacional.

A diferencia de 1988, cuando el fraude electoral cercenó las esperanzas de cambio y se consolidó el régimen actual, esta vez las circunstancias han determinado la diversidad en el espectro de las formaciones de izquierda; lo que hubiera sucedido desde entonces si, además de los cuatro partidos que integraban el Frente Democrático Nacional, hubiésemos decidido convertir el gran caudal de la Corriente Democrática en partido político

Es necesario contemplar la aparición de un nuevo partido —máxime en este caso— como un enriquecimiento y no como una división. Casi todos los comentarios van en ese sentido, pero se requiere un acuerdo explícito entre las organizaciones y entre éstas y las representaciones de la sociedad civil. Es importante plantear ya un mecanismo formal y operativo que remplazaría a los extintos Frente Amplio Progresista (FAP) y Diálogo por la Reconstrucción Nacional (DIA). Ese camino debiera conducir a un partido-frente con un programa comúnmente aceptado. Las cuestiones estratégicas son igualmente importantes y, en el caso, de difícil abordaje. El dilema no es entre radicales y moderados, que en toda organización amplia coinciden y debieran complementarse. El problema reside en los límites éticos de la política y en la definición de los objetivos que realmente se persiguen. Es preciso establecer la diferencia entre el diálogo y la negociación que por naturaleza debieran ser públicos y transparentes y la cooptación o la compraventa, que necesariamente son turbias y profundamente lesivas para la integridad política.

Es indispensable determinar los campos en que se efectúa la actividad partidaria: sea en funciones de gobierno, en la oposición parlamentaria o en la movilización social. Ha de existir el máximo posible de congruencia entre ellas aunque tengan modalidades distintas de ejercicio. Desde luego, todas debieran realizarse con pulcritud y abonar a la misma causa.

El propósito último que nos anima no es la multiplicación de los espacios de poder, cualquiera que sea su rango o significación social. Ciertamente, la suma de territorios políticos conquistados pueden coadyuvar a la victoria nacional sobre nuestros adversarios, siempre que cumplamos nuestras encomiendas con apego a los principios que sustentamos y no perdamos de vista que nuestro objetivo verdadero es el cambio de rumbo del país.

No podríamos actuar bajo el falso supuesto de que en México se respetan las reglas de la democracia y es asequible por la vía electoral la alternancia genuina en el ejercicio del poder. Nuestro objetivo más próximo debiera ser incrementar la presión social para que se modifiquen las reglas de juego existentes y se depuren los órganos responsables de conducir y dirimir los comicios. Reducir drásticamente el uso y el abuso del dinero, así como la intromisión del gobierno en los procesos electorales. No podríamos darnos el lujo de la ingenuidad sino a costa de nuevas frustraciones.

Nuestras tareas más urgentes son sobre la conciencia pública. La política debiera ser para nosotros pedagogía social y nuestro empeño mayor la democratización de los medios de comunicación, como demanda insoslayable de una auténtica reforma del Estado. Construir y promover la agenda unitaria de las izquierdas y luchar efectivamente por la creación de condiciones que permitan en verdad las transformaciones políticas a que aspiramos.

 

Político



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Editorial EL UNIVERSAL De la agenda a los hechos


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