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Porfirio Muñoz Ledo

El doble voto

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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06 de noviembre de 2012

La atención mundial se concentra hoy en la elección presidencial de Estados Unidos, que goza de una difusión mayor a la de los más resonantes eventos deportivos. La Cámara de Representantes, un tercio del Senado y los gobiernos de 37 estados también se encuentran en juego. Las encuestas arrojan un empate técnico en la contienda mayor.

Cuando un ciudadano estadounidense deposite su voto por un candidato presidencial podrá sentir que ese sufragio cuenta exactamente igual que cada uno de los votos emitidos en el resto del país, lo que no es exacto. Gracias al voto indirecto —como sabemos— un Colegio Electoral previsto en la Constitución toma la decisión definitiva, pero sus integrantes no guardan una proporción exacta con el número de votos populares, ya que todos los representantes de cada estado votan por el candidato que obtuvo mayoría en la entidad.

Puede así darse el caso de que un candidato con mayoría de votos populares pierda la presidencia, lo que ya ha ocurrido en tres ocasiones: 1824, 1888 y en 2000, cuando las controvertidas elecciones entre Al Gore y George W. Bush. A primera vista ello probaría que no se trata de un sistema plenamente democrático en términos modernos, pero la singularidad se explica a la luz de la historia que otorgó prerrogativas electorales a las antiguas colonias que fundaron la nación y que luego se extendieron a todas las demás.

En la Convención de Filadelfia, de 1787, se enfrentaron varias posiciones sobre el modo de designación del poder Ejecutivo, que ya se había decidido recaería en una sola persona y no en un cuerpo colegiado. Algunos se inclinaban porque lo designara el Congreso, con lo que Estados Unidos hubiese adoptado una modalidad sui géneris del sistema parlamentario. Otros se inclinaban por la elección directa, tomando como ejemplo los estados (Nueva York y Massachusetts) que ya elegían gobernador por ese procedimiento.

Finalmente, se desechó la elección directa y hubo quien la calificó de “radicalmente viciosa”. El método adoptado fue resultante del debate y privilegió el peso específico de cada estado —esto es el espíritu federalista— acentuado en razón de que al principio los delegados al Colegio Electoral eran designados por los gobernadores y sólo con el tiempo se fue generalizando el voto popular para elegirlos. Casi todos los regímenes presidenciales del mundo adoptaron, bajo diversas modalidades, el sufragio indirecto, aunque posteriormente lo modificaron para dar paso a la elección por voto popular del Ejecutivo.

Creo que a pesar de la raigambre de las tradiciones, un resultado cruzado en esta elección podría dar motivo a que se reabriera el debate sobre el modo de elección del presidente estadounidense. Podría pensarse que el sistema actual favorece a los votantes de origen mexicano que se encuentran concentrados en entidades densamente pobladas y por lo tanto con mayor número de electores, lo que cada vez es menos cierto habida cuenta su creciente dispersión por toda la Unión Americana.

Habríamos de pensar en la manera de favorecerlos, sin injerencia alguna y en uso de nuestras propias potestades constitucionales. De modo reiterado las organizaciones mexicano-estadounienses nos han insistido en la universalización del voto extraterritorial, que por miopía de los partidos hasta ahora sólo puede ejercerse por la vía postal. Según nuestros interlocutores, el voto presencial —sea en urnas o electrónico— para elegir autoridades mexicanas no sólo fortalecería los vínculos con nuestro país, sino que los ayudaría a multiplicar sus formas asociativas para participar también en las elecciones estadounidenses.

En ese sentido, presenté una iniciativa de reforma constitucional que prevé, además, la elección de diputados residentes en el extranjero, por medio de una “lista del exterior” y según el método proporcional. En la necesaria revisión de nuestro sistema electoral este capítulo no puede ser soslayado. Por razones diversas, en ambos países estamos llamados a repensar nuestras instituciones, en el camino inacabado de la consolidación democrática.

 

Político



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Editorial EL UNIVERSAL Transición y responsabilidad


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