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Nicolás Alvarado

¿Y si diéramos a Bryce su merecido?

Nicolás Alvarado es escritor y comunicador. Es autor de los libros Con M de México y La Ley de Lavoisier, así como de la obra de teatro Cena ...

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04 de noviembre de 2012

1. Dos libros colocan a Alfredo Bryce Echenique no como uno de los grandes escritores no de este tiempo y lugar sino de todo tiempo y lugar. Un mundo para Julius actualiza, psicologiza y sociologiza el Bildungsroman, perturba, conmueve y mueve a risa (a veces en la misma frase) y además inventa una ciudad mítica que, por una coincidencia con la biografía del lector (¿un autoplagio?), se llama Lima. Y sus dos volúmenes de Antimemorias funcionan como dispositivo literario de vocación múltiple –“libro para leer”, ensayo personal, constructo autobiográfico, stream of consciousness, anecdotario, relato à l’ancienne, juguete posmoderno–, todo lo cual no les impide constituir una lectura deliciosa.

2. Escribe Jorge Volpi en un texto hoy controversial que La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce es también un libro extraordinario y, como Jorge ha exhibido a lo largo de sus escritos y de nuestras conversaciones un gusto literario impecable, tiendo a creerle. Ya lo verificaré.

3. Alfredo Bryce Echenique es autor, además, una veintena más de libros, de los cuales un par me han parecido menores, otro par casi malos y la mayoría –confieso– me son desconocidos. Dudo, sin embargo, que tenga en su haber más libros malos que Carlos Fuentes, autor de un puñado de excepción, y otro de muy solventes, pero que en los últimos años de su vida asestó a sus lectores (y a quienes debíamos leerlo por trabajo –me declaro sobreviviente de Todas las familias felices y de La voluntad y la fortuna… pero apenitas–) algunas de las novelas más superficiales, confusas e inverosímiles (pese al realismo balzaciano que cultivaba) que hayan visto la luz. (Habrá que reconocer, eso sí, que Fuentes nunca ganó el Premio FIL de Literatura –ni bajo ese nombre ni bajo el original de Juan Rulfo. Y también que, pese a sus tantos malos libros, por sus tantos buenos lo habría merecido.)

4. Hablando de Juan Rulfo… Si Bryce es el autor de dos grandes libros –y parece existir un consenso crítico al respecto–, ha escrito el mismo número de grandes libros que Rulfo, bajo cuyo espíritu fuera creado el premio. Y si Volpi tiene razón y tres son las obras notabilísimas de Bryce, entonces ha escrito uno más que aquél. No es poca cosa. Da, creo, para ser premiado por la FIL.

5. Lo de los plagios de Bryce no es nuevo. Y resulta indignante. Porque no se trata de citas sin crédito tomadas de manera ingenua de una Wikipedia anónima y pública (como lo hiciera Houellebecq en El mapa y el territorio) sino de reproducciones casi verbatim de artículos de otros, sin mayor sustitución que el nombre del autor. (La revista Nexos, donde solía publicar sus plagios el plagiario, ha realizado una extraordinaria labor arqueológica al respecto, que es posible consultar –es decir cotejar– en su sitio web.) El affaire no habla muy bien de Bryce como ser humano. Y, me temo, habla peor de él como escritor.

6. El presupuesto de la FIL es dinero público, sí, pero eso no obliga a la feria a comprometer su criterio en aras del populismo. Si una institución respetada convoca a un jurado respetable a emitir un fallo y lo acata hace, a mi juicio, lo correcto, por impopular que sea la decisión. (Lo de llevarle el premio a domicilio –es decir en lo oscurito– ya tiene, sin embargo, un tufillo de indignidad.)

7. Yo digo que Bryce merece el premio. Y que también merece el oprobio. De ninguna de las dos cosas estoy cierto, sin embargo. Y sólo por eso hoy me caigo bien.



Editorial EL UNIVERSAL La deuda educativa


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