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Guillermo Sheridan

Moralinas y plagios

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en ...

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23 de octubre de 2012

Una deriva de la actual querella sobre el otorgamiento de un premio literario a un escritor proclive a firmar con su nombre textos de otros ha sido cuestionar, de nueva cuenta, la moralidad del escritor. Alguien que es una persona mala, ¿puede ser un buen escritor?

La pregunta confunde al artista con su arte. Desde Platón entendemos que ingresar a una obra de arte supone un alejamiento, una obnubilación de la realidad. Lo explica Lévinas glosando a Platón: en tanto que la experiencia estética no sucede en la realidad, la realidad no espera moralidad del espectador o el lector.

El argumento adquirió especial relevancia cuando al Estado le dio por perseguir escritores “inmorales” como Baudelaire, Flaubert, Oscar Wilde o James Joyce, por mencionar a los más famosos. “Un libro no es moral o inmoral”, escribió Wilde en su defensa, “los libros están bien o mal escritos. Es todo.”

La idea de que una obra de arte no es moral ni inmoral, puesto que existe en sí mismo -como la ciencia, el sexo o la naturaleza- y, por tanto, tiene al desinterés en su esencia, aportó el sedimento ético sobre el que descansa la libertad de expresión artística en el pensamiento moderno, y sobre el que se ha erigido toda legislación en los países libres. Es un principio que, en México, defendió temerariamente Jorge Cuesta en su osada batalla contra revolucionarios, comunistas y ultramontanos que, unidos, le dictaron acto de formal prisión por publicar “literatura inmoral”. (Narro y documento esa historia en Malas palabras, libro publicado hace poco por Siglo XXI Editores.)

No se implica con esto que un autor o su obra gocen de una dispensa ética especial, al contrario: discutir y criticar la moralidad (o la ética, o la justicia) de una obra es imperativo, pero un imperativo que sólo es posible, precisamente, porque antes el artista tuvo la libertad de explorar esa moralidad.

Un escritor o un artista puede llevar una vida reprobable y hasta criminal. Ha habido, y habrá, artistas y ladrones, asesinos, racistas, sexistas, adúlteros, usureros, traficantes de influencias, diputados, etc. El príncipe Carlo Gesualdo, por ejemplo, asesinó a su mujer y a su amante. Casanova violó señoras y saqueó tumbas. Cervantes cometió peculado. El Marqués de Sade fue (entre otras cosas) pederasta y proxeneta. Jean Genet fue ladrón. Burroughs mató a su esposa, igual que Althusser. Y, desde luego, los escritores que defendieron (y defienden) ideologías tiránicas o racistas son inumerables. No se trata de que los escritores y artistas sean “decentes” o “morales”. Eso es un utilitarismo tan tonto como la de creer que el arte y las letras son un seminario de superación personal que predica bondad o justicia social impartido por escritores buenos y justicieros.

La manera de ser éticamente reprobable de un escritor es siempre menos relevante que su manera, singular y única, de explorar y expresar sus tiranteces interiores. Claro que me apenan la signora Gesualdo y su amante, hechos jirones a espadazos en medio del flagrante delicto. Una pena muy inferior a la que Gesualdo arrastró el resto de su vida y nutrió su música prodigiosa. Los cadáveres aquí; los Tenebrae responsoria acá. El infierno y el cielo se abrazan en el arte: son imposibles el uno sin el otro.

La única moralidad que se puede, y se debe, exigir a un escritor para que esa paradoja conserve significación y gane relevancia es que la aborde desde su absoluta, única, total singularidad. Al renunciar a ese definitorio imperativo moral, al usurpar la singularidad de otro escritor, el plagiario comete la única falta moral posible en su oficio: dejar de ser él mismo.



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Editorial EL UNIVERSAL México, país discriminador


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