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Marlene Guraieb

Gracias, colega

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26 de septiembre de 2012

Ni si quiera habíamos acabado el primer año. Sabíamos de Platon; pero aun no sabíamos en qué nos convertiríamos ni para qué servía todo eso que nos decían en las aulas.
Entramos al salón con la mezcla de arrogancia e incertidumbre que distingue a los que saben poco y sueñan mucho. Alto (casi altísimo), con una sonrisa cándida, el profesor espero al silencio. Buenos días colegas, dijo Alonso Lujambio.

¿Cuánta importancia puede tener una palabra? Nos dijo colegas. No "chavos", como los profes que quieren ser amigables. No nos hablo de usted, como los que quieren, bajo el velo del respeto, dibujar jerarquías. No nos dijo alumnos, ni estudiantes; nos dijo colegas. Con una sola palabra nos elevó a su nivel y bajó al nuestro. Dijo tácitamente que él empezó en la misma silla y que llegar a donde él había llegado era posible.

Desde ahí, las sesiones de los martes y jueves fueron un ejercicio de descubrimiento y formación de identidad en dos frentes. Primero, la revelación de que el Profe era una persona común y corriente; y luego, el conocimiento gradual de que sus logros eran extraordinarios. Estos procesos simultáneos cobraban vida a través del uso constante de la palabra colega. Cada vez que lo decía punzaba la idea de que su trayectoria era extraordinaria, pero no imposible. El martes nos platicaba con un tono sincero que el había empezado la carrera de contabilidad solo para darse cuenta de que le gustaban las clases de filosofía política por lo que se cambió a lo que entonces se llamaba ciencias sociales. El jueves que había ido a Irak llamado por alguna agencia que sonaba rimbombante a hacer no se qué diseño institucional, y hasta lo llevaron en helicóptero.

Éste proceso siguió mucho después de que acabó el semestre. En su carrera política el Profesor Lujambio recibió reconocimientos y honores, a la par de la críticas severas y a veces atinadas. Cometió errores y tuvo aciertos que deja como su legado tangible en el sistema institucional mexicano (entre ellos ese IFE que tanto nos enorgullecía). Sí se puede, pero nada será perfecto, parecía decir la palabra que nos unía profesionalmente. Vale la pena meterse al quite y poner en práctica todo lo que hemos estudiado, pero no es fácil, colega- nos decía el Profe con su carrera.

Habrá hoy, sin duda, ríos de palabras que hablen del legado de Lujambio, la mayoría más elocuentes que las mías y con un conocimiento más profundo del Senador; pero a mi me dijo colega. Eso basto para echar a andar sueños, pero también me dejo el peso de la responsabilidad compartida. La responsabilidad de tener -como él- un compromiso permanente con Mexico, tanto en la política como en la enseñanza. En ese sentido, todos debemos ser sus colegas.

Al final, hay una forma en la que -por mas que tengamos la misma profesión y misión- Lujambio va a ser siempre el Profe: esa capacidad de inspirar y tocar vidas a distancia en donde martes y jueves de once a una es suficiente para convertir sueños guajiros en proyectos de vida.


marleneguraieb@gmail.com
Ex alumna de alonso Lujambio



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Editorial EL UNIVERSAL No hay cabida para la opacidad


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