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Benjamín Hill

Momentos con Alonso Lujambio

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26 de septiembre de 2012

Nunca nos llevamos bien como alumno y profesor. Él era riguroso, buen profesor, y yo disperso, mal alumno. Pero era generoso y no discriminaba a nadie a la hora de contagiar su entusiasmo por México, por su historia y por los temas que impedían que tuviéramos una democracia más perfecta.

Alonso me transmitió muy temprano su interés por el estudio del Congreso y en especial, por la revisión del tema de la reelección legislativa. Nos reencontramos en el entusiasmo de ver en la pluralidad del Congreso de los noventas, la oportunidad de un renacimiento democrático y un posible sistema parlamentario mexicano.

Animado por la pasión que ponía en todo, fue su influencia la que me empujó a escribir. Mantuve una columna semanal durante dos años sobre temas del Congreso y escribí solo o en colaboración con otros alumnos de Alonso, artículos precoces en revistas importantes. Ahí, en esas líneas en las que citábamos a Lujambio con sólida autoridad, descargué con más ánimo que talento ideas que consideraba mías, pero que en realidad, tomé prestadas de Alonso.

Cuando trabajé en el Senado como asesor de la Comisión de Administración en la LVIII Legislatura en 2001, el presidente de la Comisión Ramón Corral, me preguntó qué proyectos sería interesante impulsar. Le comenté que nunca se había construido un edificio para albergar al Senado; que había sido huésped de edificios construidos para otros propósitos, como la casona de Xicoténcatl, antiguo seminario y hospital. Le dije que Alonso Lujambio estaba preparando un volumen sobre arquitectura parlamentaria, y que su vocación por temas del Congreso lo había llevado a convertirse en experto del estudio comparado de edificios parlamentarios.

Hicimos con Alonso un recorrido por las instalaciones del Senado, un total de nueve inmuebles, la casona de Xicoténcatl, el Edificio del Caballito, las oficinas administrativas en Gante, la biblioteca del Senado en Allende y otros edificios propios o rentados.

Después de esa visita, Alonso concluyó que el lugar ideal para la construcción del Senado era el terreno del antiguo Cine Teatro Roble, destruido en los temblores de 1985, que estaba cerca del cruce de Reforma e Insurgentes. La ubicación -nos dijo-, le daría al Senado una lógica urbana congruente para un edificio con la importancia de la Cámara de Senadores y además ayudaría a dar dignidad a un espacio ocioso en pleno Paseo de la Reforma.

Pasaron varios años antes de que esa visita se convirtiera en un proyecto, pero la idea original de que el Senado se construyera en el lugar donde está, fue del Senador Alonso Lujambio, quien llegó a sesionar precisamente en el lugar que él mismo eligió para esa Cámara.

Un día cayó en mis manos la colección de memorias de Nemesio García Naranjo, opositor a Madero, Secretario de Instrucción Pública de Victoriano Huerta, además de miembro de Academia Mexicana de la Lengua. Decidí regalar esa colección a Alonso en uno de sus cumpleaños, considerando que por su interés en la historia de México quedaría mejor acomodada en su biblioteca.

Alonso no esperaba ese regalo y lo recibió como acogía todo reto intelectual, con un entusiasmo juguetón, feliz y efervescente, que me envolvió. Retribuyó mi regalo con una visita guiada a su biblioteca personal que siempre consideré un raro privilegio: era un altar de su amor a México y un panteón de personajes de los que Alonso hablaba con una cercanía familiar y afectuosa; ahí estaba su mundo y su vocación.

Tuve la fortuna de tener muchos y muy buenos maestros y maestras, pero nunca nadie logró imprimir una huella tan profunda, en mi vocación por lo público, en el conjunto de intereses que me ocupan y en la idea que tengo de lo que debe ser un compromiso con las mejores causas de México, que lo que aprendí como alumno, colega y amigo de Alonso Lujambio.


Ex alumno de Alonso Lujambio



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