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Guillermo Osorno

Una esquina de vértigo

GUILLERMO OSORNO estudió periodismo en la Universidad de Columbia. Fue reportero de investigaciones especiales en el periódico Reforma y edit ...

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25 de septiembre de 2012

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Pienso que el cruce peatonal más populoso del Distrito Federal es la esquina que forman Juárez y Lázaro Cárdenas, en el Centro de la ciudad. Cada dos minutos se acumulan decenas de personas de un lado y otro de la calle esperando a que el semáforo se ponga en verde. Cuando esto sucede, una masa humana compacta se avienta contra la masa humana contraria. No chocan, se mezclan, se confunden, se separan y llega cada quien a su destino. Dos minutos después el fenómeno se vuelve a repetir.

Estar allí parado es como mirar el ir y venir de las olas en el mar. Una ola humana se ha ido y pronto se comienza a formar otra. Acá se congrega el güey de zapatos verdes y jeans rotos, una familia que come helado, una adolescente con orejitas de gato, un señor con bermudas, botas y camisa del América; un pordiosero que arrastra a una viejita en silla de ruedas; la señora con el delantal, el pelo pintado y los lentes grandes.

La señal cambia de color y la gente se hecha con ánimo hacia la calle, mientras un agente de tránsito hace sonar su silbato repetidas veces, para apurar a los autos que vienen de Juárez y dan vuelta en Eje Central.

Si uno levanta los ojos, verá también que esta es la esquina de Carlos Slim. De un lado, el Banco Inbursa y la Torre Latinoamericana. Del otro, unas oficinas de Telcel. Un poco más allá, está Sears, otro poco más para acá, se encuentra Sanborns. Todo es propiedad del grupo Carso. A lo mejor un día les venden Bellas Artes.

Las aceras, en cambio, están ocupadas por algunos puestos de lotería: el del lado de Madero vende además bicicletas miniaturas; el que está en Juárez vende cigarros sueltos. Simétricamente, también hay un puesto de periódico en cada acera, donde se puede atisbar lo que preocupa a la prensa. Un titular ve en contra del jefe de gobierno Marcelo Ebrard, el otro, a favor del Ejército, y un tercero, en contra del escritor Alfredo Bryce Echenique, por plagiador.

En cada lado de la acera se encuentra un chico gótico que extiende el periódico Machetearte a los transeúntes. El chico que está del lado de avenida Juárez está vestido de negro, tiene la cara pintada de blanco y los labios coloreados con un rojo intenso. Lleva lentes de aviador. Explica que el periódico: “Maneja una postura antisistema y está hecho por egresados de la Universidad Nacional y el Politécnico”. La portada dice “Con Peña Nieto en la presidencia, Imposición, Represión y Control para México”.

Resulta que la silla del bolero frente a la oficina de Telcel es uno de los mejores sitios para mirar este sístole-diástole, esta tensión-relajación del cruce urbano. La gente se está acumulando con el paso de los segundos. Los que ponen un pie debajo de la banqueta corren el riesgo de ser arrollados por los trolebuses que pasan muy pegados.

Pueden acabar como estas otras personas que estoy viendo en el periódico Metro que me ha dado el bolero. “Domingo Violento”, dice el titular. La página está plagada de cadáveres de personas atropelladas en la carretera México-Puebla, destripadas en la delegación Gustavo A. Madero o asesinadas por los narcotraficantes de Jalisco.

La silla del bolero también es una especie de centro comunitario. Todo el mundo pasa por acá. Incluso el chico gótico guarda su mochila a cambio de unos pesos.

Por lo demás, los zapatos negros están quedando impecables. En vez del salivazo final, el bolero aplica un poco de agua a la piel con un atomizador. Pago 15 pesos y, con los cacles relucientes, me arrojo en medio de la aglomeración humana que me llevará sano y salvo al otro lado de la calle.



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Editorial EL UNIVERSAL Política y reconciliación


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