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Guillermo Osorno

Más sobre la amistad con Azerbaiyán

GUILLERMO OSORNO estudió periodismo en la Universidad de Columbia. Fue reportero de investigaciones especiales en el periódico Reforma y edit ...

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11 de septiembre de 2012

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@guillermosorno

Querido lector: La semana pasada fui a la esquina de Gandhi y Reforma a hacer una pequeña crónica sobre el Parque de la Amistad México-Azerbaiyán y el nuevo monumento a Heydar Aliyev (un reyezuelo de esta pequeña república del Cáucaso) que las autoridades del Gobierno de la ciudad de México inauguraron hace poco.

Se me olvidó decir que no conozco capitalinos que sientan mucha ni poca amistad por Azerbaiyán. Pero se ve que las autoridades sí la tienen en alta estima, porque sus emprendedores diplomáticos donaron 65 millones de pesos para recuperar la plaza Tlaxcoaque, en los límites del Centro Histórico.

Hoy, lector amigo, mi intención es llevarte a Tlaxcoaque donde, además de la plaza restaurada con dinero ajeno, verás otro monumento dedicado a Azerbaiyán, ideólogos del espacio público y unas señoras que bailan salsa en el mismo lugar donde antes se bailó breakdance.

El monumento conmemora una masacre de nacionales azerbaiyanos en la ciudad de Jodyalí, a manos de soldados armenios. Sin demeritar aquella trágica noche de febrero de 1992, cuando murieron cerca de 600 personas, uno pensaría que la nueva plaza Tlaxcoaque debería estar dedicada a las víctimas de la policía capitalina, pues allí estaban los separos de la Dirección General de Policía y Tránsito (DGPyT), y era un centro de robo de autos, torturas y extorsiones. Una disculpa no vendría mal.

El monumento ocupa el lado oriente de la plaza. Un pedestal de granito sostiene una figura de mujer con los brazos en alto. La placa que lo acompaña parecía redactada por Ponchito: “Nosotros, el pueblo de Azerbaiyán, con plena apreciación al hermano pueblo de México, creamos esta plaza y monumento conmemorativo de la ciudad de Jodyalí”.

Por lo demás, la plaza Tlaxcoaque quedó bien. La capilla de la Inmaculada Concepción ahora está pintada de amarillo y rojo ladrillo.

La rodean taludes verdes y la enfrentan unas fuentes que tienen el un efecto hipnótico porque bailan.

El otro día había, además, un funcionario del gobierno capitalino que voceaba con mucho entusiasmo las clases de percusiones y breakdance que estaban sucediendo debajo de unas carpas. Otra funcionaria (Marthita), que me vio tomando apuntes, se acercó para dar el spin a mi crónica y hablarme de las virtudes de la recuperación del espacio público y de la atención del gobierno a los menores y los adultos mayors, las poblaciones más vulnerables de la ciudad. No pude dejar de notar que este discurso, una marca de los gobiernos de izquierda, sucedía en el preciso momento en que Andrés Manuel López Obrador estaba en el Zócalo dividiendo a la izquierda misma.

Ajenas a todo esto, algunas señoras ocuparon luego la plaza para tomar sus clases de salsa a cargo de un instructor profesional con diadema y pompitas paradas.

Luego leí que, el día de su inauguración, el jefe de Gobierno dijo que esa plaza estaba dedicada a la paz, la democracia y los derechos humanos. Y me acordé de otra plaza dedicada a un dictador y rebautizada recientemente. Así que, querido lector, acompáñame a Etiopía-Plaza de la Transparencia, en la colonia Narvarte.

Este es un simple cruce de caminos entre Xola y Cuauhtémoc, donde se encuentran dos rutas de Metrobús y una estación del Metro. Toma el nombre de la glorieta que estaba allí, dedicada a Etiopía. Se recuerda a este país no por dinero, sino por principio: por el principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos. En 1954 el dictador Haile Selassie I (personaje central de El emperador, la crónica de Ryszard Kapuscinzki) estuvo en México para agradecer a nuestro país ser el único de la comunidad internacional que se pronunció en contra de una invasión italiana. Puso una plaquita en esa plaza.

Hoy, la plaza conmemora la transparencia, aunque el DF siga siendo una entidad más bien opaca, como otros estados. La plaza tiene una curiosa réplica del Ángel, del tamaño de un arbolito. Alguien le robó los brazos. La guirnalda cuelga de un ala. La columna está pintarrajeada con nombres de parejitas. Pero eso sí, en vez del tradicional “pu...”, hay una pinta acorde con el espíritu de tolerancia que, al menos en el discurso (como el de la amistad con Azerbaiyán, como el de la transparencia), reina en la ciudad. Dice: “Todos son gays”.



Editorial EL UNIVERSAL La economía del futuro


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