El terrorismo no ha disminuido
Cuando visité el memorial del 11-S me costó trabajo equilibrar mis emociones con los datos que desbordaba mi cabeza. Leer los nombres de cada una de las víctimas, evocaba en mí al mismo tiempo la historia de una vida y la deshumanización de un alma. Cada inocente, cada persona que aquella mañana había ido a trabajar, había sido empleada como instrumento. Su muerte no era fin, sino medio para reproducir un mensaje de terror por parte de unos, y para justificar intervenciones y guerras por parte de otros.
La verdad es que esa tarde en Nueva York, yo ya conocía las cifras del 2011. El terrorismo no ha disminuido desde el 2001; por el contrario, ha crecido, y no poco. Ciertamente el tipo de ataques que continuamente se ejecutan tiene un impacto mediático menor, pero ese es otro tema.
El reporte del Centro Nacional de Contraterrorismo publicado por el gobierno de EU arroja temas relevantes. El informe demuestra que el terrorismo sigue siendo ampliamente valorado por determinadas organizaciones como una estrategia eficaz para conseguir sus fines.
Quizás lo más destacado tiene que ver con que (y eso sin cuestionar la fuente como agencia gubernamental que es) 75% de los miles de atentados terroristas que ocurren cada año se concentra en tres países: Irak, Afganistán y Paquistán. Tan sólo en el 2007 en Irak murieron 13 mil 613 personas en 6 mil 210 atentados.
Si bien el 2011 arroja cifras inferiores en ese país, no es el caso de Afganistán o Paquistán, sitios que muestran incrementos en muertes y atentados del 2007 a la fecha. Peor aún, si comparamos las cifras de víctimas por terrorismo entre el 2001 y el 2011, año en el que 12 mil 500 personas perdieron la vida por esta clase de violencia, las conclusiones son lamentables: las intervenciones militares por parte de EU y sus aliados en su guerra contra el terrorismo no sólo no han sido eficaces para erradicar el fenómeno, sino que, en los países invadidos lo hicieron crecer, aunque con formatos diferentes.
Es verdad que los ataques de cada semana —tan sólo mire usted las noticias de hace unos días en Irak— carecen del impacto y los reflectores de los atentados del 11-S, o los de Madrid o Londres. Pareciera que, al menos en ciertas partes del mundo, nos hubiésemos habituado a que decenas de personas pierdan la vida por cometer el grave crimen de ir al mercado esa mañana, o de subirse a un autobús.
Pero la historia de estos once años demuestra que el terrorismo no puede combatirse con fusiles y aviones, a menos que las intenciones para intervenir algún país sean otras. El campo de batalla en que se libra ese tipo de lucha, no es material sino psicológico. Y cuando los ataques tienen éxito en ese, el mundo de las mentes colectivas, tienden a reproducirse. Miles de muertos son la consecuencia inmediata. Y millones más, víctimas del trauma y el pánico, siguen entre nosotros para confirmarlo, aunque sus nombres no merezcan siquiera una mención en los memoriales.
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