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Ricardo Raphael

La razón de López Obrador

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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03 de septiembre de 2012

Algo que me ha incomodado siempre de Andrés Manuel López Obrador es su visión simplista de la realidad. Reconozco que gracias a esto su voz comunica con facilidad y también que su mensaje puede ser evaluado velozmente. En efecto, su llaneza es en parte explicación para su popularidad: lo hace aparecer franco y por tanto honesto.

Andrés es La Neta, en el sentido más mexicano del término: voz popular sin complejidades que, consecuentemente, no conoce de matices (algo por ello tiene de oráculo pero no de enciclopedia).

Interrogo, con todo, cuán democrática puede ser una personalidad que se enreda con lo múltiple, en una era en que la variación de argumentos es tan aparatosa. Me temo que el principal atributo de AMLO ha sido, desde siempre, su más definitivo defecto. El ex candidato de las izquierdas es un hombre de razón pero no es un ser humano razonable. Sabe con gran habilidad compartir su convicción pero es adverso para atender lo que ocurre más allá de sí mismo.

Cierto es que la democracia necesita de razones, pero todavía más requiere de personas razonables; sólo así pueden hebrarse los consensos en un escenario de pluralidad intensa. El gobernante deseable para un régimen como el que quiere México no es tanto aquél que todo lo entiende, todo lo conoce, todo lo sabe y todo lo califica, sino el que construye a partir de negociar infatigablemente para que nadie sea excluido.

En 2006 AMLO perdió las elecciones por distintos motivos. Ya aquí y en tantos otros espacios se expusieron los argumentos reclamables a sus enemigos, quienes no jugaron tampoco con talante republicano. Sin embargo, igual de justo es insistir con que no toda la derrota de entonces se debió a la contraparte. Algo hizo el tabasqueño para que la silla presidencial se le alejara cuando estuvo a nada de sentarse sobre ella. Se negó a debatir, descalificó sin matices, mostró su desprecio y, al final, cuando se colocó la banda presidencial con el mismo escudo que utilizara Benito Juárez, exhibió falta de pudor y también cierta arrogancia. Ahora queda claro que, más por estrategia política que por convicción sincera, durante la última contienda aseguró haber revisado sus errores. Con falsedad se declaró amoroso y se dispuso a buscar el voto con un talante humilde que, ciertamente, le sale bien. No bastó, sin embargo, su nueva prédica para que recuperara la confianza extraviada. La ambigüedad con respecto al compromiso mostrado hacia las instituciones electorales contuvo las preferencias. La falta de firmeza cuando le preguntaron sobre su aceptación para el resultado de las urnas coincide con el momento en que, de nuevo, su cabeza topó con un techo de concreto.

Mucha de la gente que estuvo dispuesta a votar por AMLO quería de él una sincera profesión de fe, no con respecto a la utopía democrática, sino a propósito de los procedimientos, tan humanos como imperfectos, que hasta hoy hemos logrado construir los mexicanos. Pero la tentación lo volvió a perder: este líder mexicano se asume mejor que tales instituciones y, por tanto, se concede el derecho amplio para despreciarlas. Asegura que —sin distinción— están todas secuestradas por la delincuencia de cuello blanco; pobladas y defendidas por políticos corruptos, así como por los dueños y los voceros de los medios, sostenedores del Estado mafioso, y otros integrantes del régimen.

Con estas palabras simples pero ofensivas, AMLO colocó el viernes pasado a todo aquel que no concuerde con su razón del lado de los enemigos del pueblo y la democracia; traidores, pues, a la Patria.

Durante suficientes años he sido votante de izquierda y por eso he tachado en dos ocasiones la boleta a favor de este señor. La última vez, debo confesarlo, con enormes dudas y al mismo tiempo convencido de que la corriente del pensamiento político a la que AMLO pertenece debe ser robusta para que el país se modernice.

Hoy, más allá de mi elección, no me ciego a la hora de reconocer a tantos mexicanos que entendieron los desafíos de los comicios pasados a partir de una lógica distinta a la mía. Por respeto, tanto a su inteligencia como a la propia, asumo que no todos fueron escoria comprada por la conspiración malévola del neoliberalismo. De acuerdo con AMLO, y uno que otro de sus furibundos seguidores, esta sola convicción me convierte en sabandija.

Estoy dolido por su soberbia y enojado por su falta de discernimiento a la hora de sopesar la consecuencia de sus actos. Llegó ya la hora para que otros liderazgos, mejor dispuestos hacia lo razonable, conduzcan la revolución democrática. Votaré, por tanto, con los pies, no acudiendo al Zócalo el próximo día nueve a defender lo indefendible.

 

Analista político



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