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Guillermo Fadanelli

Errata

Guillermo Fadanelli. Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); M ...

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20 de agosto de 2012

Luego de haber publicado un libro caigo en una recurrente tentación: lo leo. Leo lo que yo mismo escribí. ¿Vanidad o curiosidad malsana? Es entonces cuando encuentro algunas erratas y descuidos. Y me alegra. Son pocos los errores que pueden llegar a cimbrarme o a hacerme sentir acongojado. ¡Si yo mismo soy un error que camina! ¿Ante eso qué pueden pesar algunas palabras mal escritas o un par de contradicciones? Las erratas son fundamentales en el texto porque de lo contrario se tiene la impresión de que el escritor controla el asunto cuando, en verdad, no controla nada. En lo personal me causan desconfianza los escritores que sufren de esa curiosa enfermedad llamada limpieza. Por lo regular la limpieza excesiva no deja ver más que una manía secundaria e intrascendente. Un viejo amigo, quien trabajara durante años como corrector literario en el Fondo de Cultura Económica, me confió que varias obras de Carlos Fuentes pasaron por sus manos y que el desaliño y la cantidad de erratas eran comunes. No sé hasta qué punto esto sea cierto, pero no me extraña que los escritores entreguen obras negras a las editoriales y que confíen en la buena mano de sus correctores. Estos últimos no tocan en realidad la obra, sólo barren un poco en los rincones y ponen los manteles en la mesa, hecho que es por supuesto inapreciable y bondadoso. Lo único en verdad irreparable a la hora de publicar es que la obra sea en sí un error, lo cual es mucho más difícil de juzgar y aceptar. En los escaparates de las librerías y sobre todo en las mesas de novedades me encuentro a menudo con erratas de doscientas o trescientas páginas. Algo así resulta mucho más frustrante que encontrar erratas en una obra literaria.

Para el idealista lo importante es el rumbo de las cosas, no las cosas en sí mismas. Un escritor francés me demostró que es posible estar en el extremo contrario de ese idealismo. En cierta conversación que sostuvimos en París hace un par de años me confesó que en las entrevistas, charlas o intervenciones públicas omitía citar a escritores u obras en idiomas extranjeros por temor a pronunciar mal el nombre y convertirse en objeto de burla por parte de los eruditos o de los nativos de la lengua en cuestión. ¡Qué pudor enfermizo! Me apresuré a señalarle que, en mi opinión, las burlas que provienen de la especie humana me son secundarias, ¿cómo pueden herirme esos bípedos conscientes, esos monos llorones? Nada, el francés no alteró un ápice su posición: “No tenemos derecho a pronunciar mal los apellidos de los escritores o los títulos de sus obras —me respondió—, ello equivale a deshonrarlos, además de hacer el ridículo ante el público. Tenemos un compromiso.” No me convenció: las palabras son símbolos para interpretarse, no clavos en las manos de un cristo.

Yo soy cada vez más desaliñado en mi aspecto y llegará el día en que use una bata todos los días. Si miran a un hombre de barba crecida envuelto en una bata o en un overol plagado de manchas de comida, es que finalmente he abandonado esta vida para instalarme de lleno en el paraíso. Les ruego no me molesten. Déjenme seguir que sé hacia donde me encamino, aunque no parezca un ser orientado. El error que camina, claro, pero un error finalmente despreocupado. La pedantería no es mi asunto, las erratas me parecen hermosas bailarinas recién llegadas de Tahití. Schopenhauer (filósofo de quien los lectores están hartos al verlo citado tantas veces en esta columna y cuyo apellido el escritor francés no se atrevería a pronunciar) escribió que la pedantería produce engendros sin vida, torpes y amanerados, y que el pedante se queda demasiado corto en la vida. Con el fin de suavizar tal pedantería las erratas deberían ser aceptadas con una sonrisa: son parte de la familia y sólo desaparecerán cuando uno deje de escribir.



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Editorial EL UNIVERSAL Salud y política de Estado


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