Congreso de la transición

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Existe una pequeña pero real oportunidad de que el Congreso —la próxima Legislatura— se convierta en el sostén de los cambios que requieren las instituciones para reconstruir la autoridad sobre bases democráticas. El Congreso puede ser un instrumento eficaz de la gobernabilidad y los cambios que urgen a México. No puede sustituir las responsabilidades de los otros Poderes, pero sí hacer una contribución valiosa para reducir la inseguridad, canalizar las inconformidades sociales por vías institucionales y quitarle trabas al desarrollo y la generación de nuevos empleos.
La oportunidad es pequeña porque la inercia pesa en contra. La inercia conspira contra cualquier cambio serio que se proponga. Es alérgica al pensamiento crítico y a la innovación. Encuentra razones para desalentar. Agrupa intereses que se oponen. Gana tiempo. Es conformista y derrotista.
El Congreso puede ser parte de la inercia. Aprobar un presupuesto inercial. Confrontar con poca eficacia al Ejecutivo. Repartir una parte del poder y del presupuesto, sin cambiar ni mejorar nada. Repartirse las posiciones y hacer una parte del trabajo, sin incidir realmente en las grandes decisiones. Mucho ruido, mucho tiempo y pocos resultados.
El Congreso debería y podría ser un instrumento eficaz para reconstruir la autoridad y transformar las instituciones. Debería, porque no lo ha sido. Podría, porque de no hacerlo la inercia ni siquiera será capaz de proteger los privilegios, menos aun de resolver las mayores urgencias.
El Congreso —la Legislatura que está por iniciarse— tiene la posibilidad de ofrecerle a México algo mejor a partir de los términos en los que está terminando el proceso electoral y la coyuntura con la que arrancará el próximo gobierno.
El proceso electoral ya quedó marcado por la inequidad y el agravio a una parte considerable de la sociedad que está convencida de que ocurrieron irregularidades graves y que se compró la elección.
La inseguridad y la violencia siguen presentes con el riesgo de nuevos recrudecimientos. Con los actuales niveles de violencia ninguna sociedad, Estado o régimen democrático pueden estar tranquilos.
La economía que se muestra menos afectada que otras, acarrea pesadas cargas, ataduras y dificultades para crecer con mayor solidez y equilibrio social. Sus tiempos son, además, tiempos largos; de años, en una sociedad y en un gobierno que necesitan de resultados en tiempos cortos.
La inconformidad social persiste, converge, inventa, se hace presente en las calles y en la comunicación electrónica. El Twitter rompe el monopolio de la comunicación política. La calle representa un poder no institucionalizado que habrá de aparecer una y otra vez, con distintas modalidades e intensidades, pero que ciertamente tendrá influencia y poder.
La coalición misma que se aglutinó en favor del candidato del PRI es una coalición donde surgirán conflictos, decepciones y reclamos en la medida en la que no se satisfagan expectativas políticas y de negocios.
Un cuadro así de complejo no podrá ser procesado por un gobierno con un déficit de legitimidad, sin una mayoría legislativa. Aun cuando pudiera beneficiarse del deseo natural y muy propio de nuestra cultura política de desear que le vaya bien al presidente, las condiciones de entrada distan mucho de lo que ha sido la experiencia de gobierno de ese grupo.
Para vencer la inercia se necesitan condiciones que reclamen cambios; condiciones de urgencia. Liderazgos. Prioridades. Estrategia. Se necesita levantar la mira, afianzar la determinación y no dejarse derrotar desde el principio. Resistir porque se va en contra de la corriente. La próxima Legislatura puede ser la de la transición en la política de seguridad, la democratización de la política y la contención de los privilegios. Lo será si las fuerzas conservadoras reconocen la dificultad que enfrentan y si las fuerzas del cambio no se dan por vencidas antes de tiempo.
Coordinador del Diálogo para la Reconstrucción de México


