Ahora a cumplir

Abogado por la Universidad Iberoamericana, con estudios superiores en Alta Dirección de Empresa, por el Instituto Panamericano de Alta Direcci ...
Más de Eduardo Sánchez HernándezDurante el pasado proceso electoral, prácticamente todos los partidos y sus candidatos elaboraron diagnósticos, construyeron propuestas y ofrecieron trabajo y esfuerzo para conseguir mejores condiciones de vida para los mexicanos. Algunos de ellos, particularmente los del PRI, se comprometieron con tareas muy concretas, al extremo de ponerlas por escrito y firmarlas ante notarios públicos. Más allá de la formalidad y buena fe de cada candidato están los anhelos y las expectativas de los más de 50 millones de mexicanos que participamos en la jornada electoral del 1 de julio pasado. Aquel día nuestra voluntad colocó a los actores políticos en diversas trincheras, ya sea como gobernantes o bien como legisladores. La elección realizada por cada persona se hizo atendiendo criterios de valoración muy diversos, desde aquellos empleados por quien decidió otorgar todos sus votos a un mismo partido, como los tomados en cuenta por quien lo hiciera de manera diferenciada para lograr contrapesos.
La decisión de cada uno ha estado protegida, de principio a fin, por una estructura institucional que contempla desde una credencial con fotografía para cada elector; candados de seguridad —como la tinta indeleble que se coloca en los dedos de los votantes y las urnas transparentes, por mencionar algunos—, hasta un estricto sistema de financiamiento y fiscalización de los partidos políticos, y las de auditoría de su acceso a los medios de comunicación electrónica, o la organización de la jornada electoral encomendada a millones de ciudadanos seleccionados al azar; la vigilancia de observadores nacionales y extranjeros; así como representantes de todos los partidos en cada una de las casillas; y desde luego, un tribunal especializado con facultades para dirimir y calificar las controversias surgidas a través del proceso. No cabe duda de que el andamiaje electoral mexicano es quizá el más avanzado y complejo del mundo. Llama la atención la enorme cantidad de observadores internacionales que se dieron cita en nuestro país el pasado 1 de julio, con el propósito de estudiar y tomar experiencia de nuestro moderno sistema electoral.
Llegó el momento para que quienes se presentaron como candidatos y resultaron electos, se preparen para cumplir lo que prometieron. El mandato recibido por cada uno de ellos fue muy claro. Cincuenta millones de personas exigimos que trabajen y se pongan de acuerdo. La ciudadanía está harta de conflictos y discusiones estériles, lo que necesitamos son soluciones a los problemas y una clase política con capacidad de negociación. Las disputas entre políticos y los dimes y diretes entre candidatos pueden tener cierta justificación en el fragor de la contienda electoral, pero no deben ser pretexto para que a la hora de asumir la función pública que les ha sido encomendada sepulten con discusiones las ideas que, una vez materializadas en acciones, puedan contribuir a la solución de nuestros problemas. Ya basta de disimular con palabras la incapacidad de generar ideas, y peor aun, de acribillar propuestas de solución con ráfagas de palabrería.
Los mexicanos no tenemos tiempo que perder. La copiosa votación que todos los partidos recibieron durante la pasada jornada nos da la enorme posibilidad de reivindicar a la política. La participación ciudadana nos dice que la gente apuesta por la vida institucional y ordenada del país y contra todo pronóstico, exhibe que la ciudadanía vuelve a confiar en que los políticos propicien las soluciones que necesitamos. En esta ocasión se abre la oportunidad para demostrar que la política es el instrumento que hace posible acercar a quienes piensan distinto; que el diálogo, la creatividad y la negociación son herramientas para construir y no armas para fulminar una idea o una solución cuyo pecado original radica solamente en haber sido producida por el adversario. La mezquindad, el protagonismo y la incapacidad profesional son obstáculos cotidianos en las relaciones entre los políticos que asumen como única misión en la vida ganar debates y ridiculizar al adversario. Es tiempo de entender que cada acción de nuestros representantes nos tiene que aportar un beneficio a los ciudadanos y abandonar, de una vez por todas, seguir la lógica de los intereses de partido.
Vocero nacional del PRI


