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Miguel Alemán V.

De Hiroshima a Tlatelolco

Nació en Veracruz el 18 de marzo de 1932. Egresado de la UNAM, es licenciado en Derecho.

Fue Coordinador General d ...

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08 de agosto de 2012

El pasado lunes 6 de agosto se cumplieron 67 años del lanzamiento de la primera bomba nuclear con fines bélicos en Hiroshima, Japón, y mañana, 9 de agosto, se recordará la misma cruenta agresión en la ciudad de Nagasaki. Con estas acciones concluyó la Segunda Guerra Mundial y se inició la Guerra Fría.

La nueva arma nuclear garantizaba la destrucción masiva y su sola mención causaba terror e incertidumbre en la sociedad de aquellos años.

Mientras Europa iniciaba su reconstrucción y la relación entre China y la Unión Soviética tenía más desencuentros que puntos de colaboración, el continente americano estaba intacto y ajeno a las huellas de la guerra.

Para el Proyecto Manhattan fueron trasladados, con alto grado de confidencialidad, científicos alemanes a EU, mismos que eran muy codiciados por los espías de Stalin en la caída de Berlín, para que iniciaran los trabajos de desarrollo de una bomba atómica, unos en Huntsville, Alabama, y otros en Los Álamos, Nuevo México.

Europa vivió casi medio siglo con la amenaza del avance soviético sobre su territorio y el incremento de los misiles de largo alcance equipados con cabezas nucleares. Por esta razón, Gran Bretaña y Francia y, posteriormente, India, China, Pakistán, Corea del Norte e Israel desarrollaron sus propias armas nucleares.

En julio de 1955, Albert Einstein y Bertrand Russell promulgaron el manifiesto Russell-Einstein, advirtiendo los peligros de la escalada armamentista con armas atómicas. Su voz no fue escuchada hasta que se suscitó el enfrentamiento Kennedy- Khrushchev, el cual llegó al borde del conflicto nuclear que se conjuró con el retiro de los misiles soviéticos de Cuba y de los estadounidenses en Turquía.

En esos años la política exterior de México buscó fortalecer los vínculos diplomáticos a favor del desarme nuclear, la no intervención, el respeto a la soberanía y la paz.

Fue así que en 1967 el eminente diplomático mexicano Alfonso García Robles inició una labor que aparentemente era imposible. Cuando la carrera armamentista estaba en su apogeo propuso que las potencias nucleares firmaran el Tratado para la No Proliferación de Armas Nucleares en América Latina y el Caribe, mejor conocido como Tratado de Tlatelolco, con el fin de garantizar que Latinoamérica no fuera territorio para ubicar esas armas ni objetivo militar de las mismas.

La trascendencia e importancia de este documento alcanza su mayor dimensión años después, cuando los jefes de Estado de Rusia, Mikhail Gorbachev, y de Estados Unidos, Ronald Reagan, aceptan emprender un proceso de desarme, desmantelamiento y freno a la escalada nuclear, en virtud del significado que por sus siglas en inglés se entendía como MAD, Mutua Destrucción Asegurada.

Hoy recordamos a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, quienes experimentaron el drama de una nueva era bélica, en donde el uranio y el plutonio demostraron ser más poderosos que la pólvora.

Sean ellos recordados como el punto de partida de una visión de muchas naciones, que, como México, consideran que es valioso el uso pacífico de la energía atómica y el rechazo, no sólo a su uso con fines bélicos, sino a su construcción y su almacenamiento, por causas que se han denominado estratégicas o de defensa.

La historia registra los hechos que cambian de rumbo el destino de la humanidad. En Hiroshima inició la carrera nuclear y en México, gracias a Alfonso García Robles, quien recibió el premio Nobel de la Paz en 1982, inició la era del desarme y el de la distensión entre las potencias nucleares.

Rúbrica. Profecía de Albert Einstein. Cuando le preguntaron a Einstein que si la tercera guerra mundial se pelearía con armas nucleares, él respondió: “No sé con qué armas se pelará la tercera guerra mundial, pero la cuarta guerra se peleará con palos y piedras”.

 

@AlemanVelascoM
articulo@alemanvelasco.org
Escritor, político y periodista



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