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María Teresa Priego

El rompecabezas oculto bajo el mantel

Tabasqueña. Feminista (tendencia retro) Estudió Letras en la Universidad de Monterrey. Diplomado en Historia del Arte en Roma. Maestría en E ...





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04 de agosto de 2012

Hay un rompecabezas oculto bajo el mantel del comedor de Carmen Boullosa y Mike. Carmen inventa platos exquisitos. Les buscamos nombre. Inolvidable “El guiso Sofonisba”, como la pintora, personaje de su novela. Cenamos. Una ternura pudorosa y firme se extiende por la casa, como olor a incienso. Luego sucede: se retira el mantel y aparecen las “partículas elementales” de un rompecabezas. Sabemos que allí está. Oculto. Imposible adivinar el tema. Contemplo una escena de caos.

Un caos esperanzado, dado que las partículas responden a un orden aún misterioso, pero que sabemos ya previsto por el Fabricante. Relativamente tranquilizador, comparado con nuestra irremediable tendencia agnóstica.

María, pide que no cunda el pánico. El rompecabezas de Tutankamón —explica— fue un calvario, y lograron terminar con él, justo antes de que viceversa. Principio de orden: elegir aquello que se asemeja, que se repite, y separarlo del Todo. Como en la vida. El Todo ofrece una sensación de confusión: un guiso amorfo e innombrable. Seleccionar piezas por colores, imágenes, colocarlas en vasijas separadas. Hay un ejercicio de emoción colectiva y cooperación. La conversación continúa. No se considera una interrupción si alguien cuenta la historia de su vida, y otra salta con: “Encontré una esquinita”. Se sobreentiende, que en ambos casos de eso se trata: Diferenciar. Elegir. Encontrar una esquinita.

Miré ese caos y me mordió la metáfora. Piezas fragmentadas. “He pasado la vida luchando contra ese imaginario de fragmentación. La amenaza del estallamiento de piecitas. Nadie se despeinó. Los imaginarios de la Castañeda son bien recibidos. Herramientas existenciales y laborales. ¿Y si somos así, seres fragmentados buscando un hilito que nos cosa? Tratando de sumar partículas elementales. Descosiditos. “Creo cada vez más que la narrativa es la solución, también en la vida”, dijo Carmen. Por eso Carmen sí escribe novelas coherentes hasta el final, por no hablar del rompecabezas de Tutankamón. Y de la envidia que me provoca.

Mi hijo suspira y coloca una pieza. María lo asesora ante este trance confesional-materno. “La vida es una historia entrecortada”, digo. “No logro que la narrativa fluya”. “Por esos te gustan los puntos”, dice Carmen. “Eso. Los puntos y aparte”. El rompe y rasga. Entiendo lo que dice Carmen, y tiene razón: recuperar la narrativa. Se me atraviesa un problema punzo-cortante: ¿Cómo sé si esa narrativa que recupero es la honda-mía, y no una más de las narrativas que inventamos para sostener a personajes? No es una frivolidad, la necesidad de sostener un personaje, puesto que nace en los momentos de supervivencia. Que pueden prolongarse.

Carmen se refería a que una puede crear una narrativa legible con su inconsciente, y más allá de él. Fluye. No sé cómo. ¿Cómo fluyo como continuidad? ¿Cómo sumo ciudades? ¿Cómo se soportan las distancias? ¿Cómo diferencio los tiempos, si el sábado bajaba y me encontraba a mi padre y ahora salgo y me tropiezo con la sala de mi casa?

Ese es mi rompecabezas. Me cuesta entender las ilogicidades de la realidad.

El tiempo existe: si te fuiste, no te quedaste. El problema mío es que cada vez que me voy, me quedo. Tengo esa tara fugitivo-quedencial. Recurro al punto y aparte de los compartimientos estancos. Me despedí de mis papás, mi hermana, y la gatita Japona. Nadie quería a Japona en la cuadra, es “rara”, mal parchadita en su apariencia, y con hábitos que podrían parecer inquietantes. Pero ya encontró una familia que comprende sus vaivenes: una dependencia notable y una irritante ansia de libertad. También nosotros somos “raritos”. Mi papá y yo. Lo supe desde niña, por lo que creo que Japona, por fin, encontró un hogar.

Ordenar el “caos” de nuestra historia de dependencia y de fuga. Mi papá es un extranjero que, en términos geográficos, llegó de Yucatán a Tabasco. Hay extranjerías que no tienen que ver, con cambio de lengua, cultura y mapas. Un estado interior. Una relación con el silencio. Una distancia. Una manera de habitar, sin pertenecer, de respetar costumbres, sin reconocerlas. Compartimientos estancos. Un outsider, en ese estilo de los que sí pagan sus impuestos.

Yo sabía su secreto. Quiero pensar que he sido la única en saberlo. Me es necesario sentir que en algo, para él, he sido “Única”. ¿Alguna hija renuncia a esa demanda arbitraria? Abrazaba a su lado nuestra amenazante y “gloriosa” condición de outsiders. Y soñaba. Huiríamos de la realidad conocida. Lo clásico de la imaginería hija-padre: el carromato de la gitanería, el barco pirata, la troupe del circo.

Le he confesado a Carmen cómo deseaba conocerla desde que leí Antes, en 1989. Cómo cuando la conocí, mi admiración y mi envidia fueron tales, que quise mandarla a la zona fantasma. Lo atribuí a su encanto y a su escritura. Ahora —frente al rompecabezas— entendí más de mi envidia por ella. Entendí más acerca de mis propios deseos. Carmen es la hija lúdico-mágica que soñó mi papá. Ella tiene algo que es de mi padre y mío. Sólo que a mí me da pánico y a ella no: la fuga en los tejados de la escritura. La trashumancia. Ella tiene el síndrome asumido de la gatita Japona. Yo no puedo.

Se mezcla todos los días con este ruido anti-climático: “quien coincide con los deseos del padre, abandona a la madre”. Si te vas, ya no te quedas. Habrá a quien le suene remoto y ñoño. Yo sólo preguntaría ¿de veras? El rompecabezas está oculto, debajo del mantel.

Coordinadora académica del Instituto Simone de Beauvoir



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