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Héctor de Mauleón

Nichos vacíos



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30 de julio de 2012

Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com

No conocía los pormenores del crimen que en 1869 cometió Henry Riley, con apoyo de Benito Juárez y Matías Romero. Cuando paso por la calle Madero, acostumbro detenerme ante la fachada “prodigiosa” del templo de San Francisco. Es quizá la única en la ciudad que extravió por completo las figuras que la decoraban: sólo queda un conjunto de nichos vacíos, que parecen cuencas sin ojos. No están las vírgenes, los ángeles, los santos. Incluso el tablero principal —las crónicas dicen que representaba la estigmatización de San Francisco—, fue completamente “rasurado”.

Los amigos de don Benito creían que México no iba a salir del atraso hasta que el pueblo se descatolizara. El Benemérito solía decir que el país requería de una religión que obligara a leer a la gente, en vez de obligarla a gastar su dinero en cirios. Matías Romero, ministro de Hacienda, ofreció una solución: traer a un sacerdote anglicano que estableciera, con apoyo del gobierno, una iglesia episcopal.

Romero invitó a Henry Riley. Juárez decidió entregarle el templo más antiguo y emblemático, el templo más grande, suntuoso, importante, luego de la Catedral.

En 1524, Hernán Cortés había entregado a los franciscanos un predio gigantesco ubicado al occidente de la traza.

Al paso de los siglos, San Francisco contaba con doce capillas “de belleza impar”. Dentro del convento había, entre otras cosas, 300 celdas, un huerto que parecía un bosque, y un comedor para 500 personas. Era, al mismo tiempo, un almacén de arte.

Guillermo Tovar afirma que hay que tener en mente el convento de Tepoztlán, para imaginar un poco lo que hubo en ese espacio. Cierto virrey lo visitó una vez, y le llevó todo un día recorrerlo.

Matías Romero entregó San Francisco a monseñor Riley, a cambio de cuatro mil pesos. En diciembre de 1869, la primera misa anglicana se celebró en el templo. No asistió prácticamente nadie. Según el historiador José Manuel Villalpando, la prensa y la sociedad crearon un clima hostil.

Doce años antes, en tiempos de Comonfort, había sido necesario arengar, incluso amenazar a una cuadrilla de obreros, para que accedieran a demoler los muros por donde pasaría la calle Independencia. Ahora la gente se persignaba al pasar frente al templo, y consideraba pecado mortal que se realizaran ceremonias anglicanas en el mismo suelo donde descansaban los huesos de fray Pedro de Gante.

Riley hizo astillas los retablos. La ciudad enmudeció el día en que comenzó a desmontar las figuras de cantera que desde hacía siglos poblaban los nichos de la fachada. Fue demasiado: la presión obligó a los liberales a dar marcha atrás. La gente quería seguir comprando cirios.

Ofrecieron al ministro religioso un templo menos importante. Riley se mudó a San José de Gracia, pero no entregó San Francisco. Ofendido con el pueblo que lo había repudiado y, según se dice, buscando una forma de lastimarlo, rentó el terreno al circo Chiarini, para que ofreciera ahí espectáculos ecuestres.

A un lado de San Francisco hay un templo de 1897: el Templo Expiatorio de San Felipe de Jesús. Lo hizo construir la esposa de Porfirio Díaz como “un desagravio a Dios” por los templos y conventos que la Reforma había devastado. Es un edificio neorrománico que no compensa lo que se perdió.

Riley vivió en México muchos años. Revendió en cien mil pesos el terreno que Matías Romero le había obsequiado. Nadie sabe si enterró las figuras de cantera, o si simplemente las mandó picar hasta hacerlas pedazos.

Hay una foto de 1855 que las muestra, y uno quiere darse topes. ¡San Francisco era un sueño de cantera!



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