aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Héctor de Mauleón

Días de horror



ARTÍCULOS ANTERIORES


Ver todos sus artículos
23 de julio de 2012

Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com

Hay una caricatura del periódico La Orquesta, publicada en 1865, que muestra a la ciudad de México completamente inundada. Sólo quedan a lo lejos las torres de la Catedral: una pareja indígena se aferra al techo de una choza, un pasajero intenta escapar por la ventanilla de una diligencia, y un grupo de ciudadanos, con los ojos desorbitados de espanto, lucha por asirse de una roca. En primer plano, un político que observa el desastre pronuncia estas palabras: “¿Por qué os ahogáis con tan poca agua? Para el desagüe, esperad un poco que el gobierno ya tiene proyectos”.

En 1865 la ciudad estaba ocupada por los franceses. Los periódicos informaban que “S.M. La Emperatriz se ha servido nombrar, con fecha 22 de septiembre, damas del Palacio a las señoras Doña Catarina Barrón de Escandón y doña Luz Robles de Bringas”, o dedicaban planas enteras a anunciar la “Gran Barata en el Nuevo y Gran Cajón de Ropa de La Ciudad de París, en la esquina de Monterilla y San Bernardo”.

Entre mayo y agosto de ese año, se desataron varios aguaceros excepcionales. Los periodistas hicieron chistes sobre “la Venecia mexicana”: los charcos volvían las calles intransitables, y el agua iba convirtiendo los patios en estanques.

A finales de agosto se había perdido el humor. El río Cuautitlán tuvo “cinco reventazones” y el agua desbordada ingresó en el Valle durante 40 días consecutivos. El 23 de septiembre inició una lluvia de 96 horas. Basado en las huellas que el agua había dejado, el ingeniero Francisco de Garay indicó que en algunas zonas la inundación había alcanzado un metro 65 centímetros de altura.

Había noticias de mujeres arrastradas por corrientes procelosas. Se habló de un “zuavo” del que sólo había quedado el “chacó” (“el infeliz soldado fue tragado enterito, con todo y fusil”).

Faltaba más de una década para que el reportaje hiciera su aparición en el periodismo mexicano. Los diarios dedicaban sus planas al debate ideológico y doctrinario, o bien a la burocrática publicación de bandos y edictos. A nadie se le ocurrió atravesar la ciudad (¿a nado?), para reportar lo que había pasado. De la inundación de 1865 sólo quedan quejas, protestas, apuntes dispersos. No he localizado la cifra de muertos, heridos, damnificados. Se estima, sin embargo, que unas 400 casas quedaron totalmente destruidas.

En 1858, tras un terremoto devastador, el gobernador Juan José Baz instaló en la Alameda el primer campamento de damnificados de que se tiene memoria. En 1865, el gobierno imperial abrió las puertas de conventos, templos, alhóndigas y mesones, para albergar a las familias arruinadas.

Según un edicto publicado en el diario El Pájaro Verde, Maximiliano decidió entregar, durante un mes, un real diario a quienes hubieran perdido sus habitaciones. Se impusieron graves penas de prisión a los prefectos políticos que entregaran la ayuda “por compasión mal entendida, amistad, cohecho o falta de diligencia en la averiguación”, y se amenazó con dejar caer “todo el rigor de la ley” a quienes entraran a las casas abandonadas para robar “ropa, alhaja, mueble, etc.”.

En octubre, la inundación comenzó a ceder y dejó al descubierto “el deplorable estado a que ha quedado reducida una parte de la población”. La capital del imperio era una colección de animales muertos, árboles caídos, basura y pisos bajos encharcados.

Hoy, en algunas calles del centro, existen marcas a casi dos metros de altura que dicen “M de F” y “Acotación”. No conozco a nadie que sepa qué significan, pero algunos creen que son la clave de un recuerdo: la marca con la que la ciudad relata, vagamente, aquellos días de horror.



ARTÍCULO ANTERIOR Días de horror
Editorial EL UNIVERSAL Viajes ocultos en el Senado


PUBLICIDAD