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Ricardo Raphael

Nuestros miedos están fundados

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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23 de julio de 2012

Nuestra pronunciada propensión hacia el autoritarismo es lo que produce mayor temor. Enrique Peña Nieto repite sin cansarse que él no gobernará mirando por el retrovisor; hace públicas, cada que puede, sus convicciones democráticas y su compromiso con las libertades. Según el virtual candidato electo, la suya no será una presidencia que nos regrese a los tiempos en que el Estado otorgaba los derechos como dádiva graciosa y arbitraria, mientras las y los gobernados poco sabíamos o podíamos hacer para que la Constitución se respetara, independientemente de la voluntad de los políticos y las burocracias.

El ex gobernador bien merecería recibir el beneficio de la duda. Es razonable esperar para ver lo que ocurre antes de disparar profecías catastróficas que son ociosas, cuando no, mal intencionadas. Si la mentada regresión autoritaria se presenta habrá que estar atentos, pero igual tendríamos que estarlo si comenzamos a observar que Peña Nieto se conduce con honorabilidad republicana.

Con todo, el miedo de caminar hacia un futuro que retome modos y formas de la política que el país vivió antes, no tiene como única razón al próximo jefe de Estado. Acaso el peor temor lo provocamos nosotros mismos. A pesar del inmenso numero de jóvenes que tiene el país, la gran mayoría aprendimos a entender lo público con el PRI siendo fuerza casi hegemónica, mientras tanto fue grande nuestra complacencia con la falta de pluralidad.

La incondicionalidad con el régimen previo y la condescendencia con sus arbitrariedades no fueron hechos impuestos sólo desde arriba, sino expresiones bien arraigadas desde la base de la sociedad.

Medios y sindicatos, oposiciones y empresarios, organizaciones campesinas y los principales liderazgos, intelectuales y académicos, universidades y cámara de comercio, presidentes municipales, gobernadores y legisladores, en fin, ese largo y complejísimo etcétera que somos sostuvo una estructura política que en más de un sentido podría se acusada de apática y desenfadada.

¿Cómo saber si la nueva versión de esos mismos actores no volverá a sus años dorados, ahora con el PRI de vuelta? ¿Pueden enredarnos de nuevo las cuerdas del clientelismo y el corporativismo, las libertades acotadas o la baja intensidad de la ciudadanía?

¿Qué ocurriría con un automovilista inglés que, durante 12 años, hubiera ido a un país extranjero, donde los vehículos circulan por la derecha? Cuando a su regreso volviera a coger el volante, con naturalidad se sentiría más cómodo y seguro al conducir de la manera que sus reflejos y su cuerpo mejor conocen.

Algo similar puede suceder con la vuelta al país del gobierno priísta. La dependencia con los patrones del pasado nos podría llevar a suponer que lo normal es el sentido de los caminos conocidos, mientras que la temporada fuera de casa fue sólo una excepción.

Algunos síntomas ya se presentan: el trato preferencial que ciertos medios han dado a Peña recuerda a la época en que sus dueños se exhibían como soldados del sistema político; la cargada explícita de los sindicatos más importantes, y también de los poderes económicos dominantes, apenas si se distingue a la era en que tanto los liderazgos de uno y otro extremo del espectro sólo pensaban en agradar al presidente en turno, para luego poder mantener sus más preciados privilegios.

También parecido al pasado fue la manera como una mayoría de gobernadores se comportó en el último proceso comicial. Ellos se asumieron como responsables, en primer grado, para que su candidato saliera electo y muchos dispusieron de sus haciendas públicas para que tal objetivo se lograra.

Todas estas lógicas no son concluyentes pero sí inquietantes. Responden a un país donde los actores más connotados se sienten como pez en el agua con los modos antiguos y por tanto miran con recelo los pocos años en que se condujeron del lado equivocado.

Cierto, la oposición de papel, subordinada sin condiciones al poder en turno, no es una variable que haya transitado de un siglo a otro. Gracias al Congreso se antoja difícil que la regresión autoritaria vaya a reventarnos de la noche a la mañana. Sin embargo, el pequeño alebrije que todos los mexicanos llevamos dentro es capaz de hacer que ahí también la pluralidad termine allanada y sin músculo. No sería la primera vez que en un solo sexenio produce un resultado tan nefasto: entre 1928 y 1932 Plutarco Elías Calles lo logró sin mucho esfuerzo; lo mismo sucedió en 1991, cuando Salinas recuperó para el PRI una sobrada mayoría.

Tengo para mi que Peña Nieto no es, por sí mismo, un riesgo para la regresión política; en cambio el resto de los mexicanos sí que podemos serlo. Nuestra tradición para preferir lo asimétrico, por no decir lo chueco, justifica los principales miedos.

Mientras se despejan las interrogantes, queda rogar porque la gran mayoría de los mexicanos se indisponga cada vez que alguno de sus compatriotas decidan lanzar por la borda las libertades que, a pesar de todo, la transición democrática nos trajo durante la década más reciente.

 

Analista político



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