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Eduardo Sánchez Hernández

Instituciones, divino tesoro

Abogado por la Universidad Iberoamericana, con estudios superiores en Alta Dirección de Empresa, por el Instituto Panamericano de Alta Direcci ...

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21 de julio de 2012

Este es buen tiempo para echar un vistazo a nuestra historia y aquilatar el enorme valor que tienen nuestras instituciones. En 1920, cuando todavía no se extinguían las brasas del ímpetu revolucionario, la sucesión presidencial surgió como el gran problema heredado de la Revolución. Como bien lo señala Carlos Macías Richards en su magnífico estudio biográfico sobre Plutarco Elías Calles, el fantasma del caudillismo inquietaba a don Venustiano Carranza, “ya que sentía inmaduras y endebles las estructuras de gobierno y lamentaba la escasa educación democrática de la población y, más exactamente, la escasa educación democrática de los políticos del más diverso signo (...) ¿Cómo resistir con éxito ante los apetitos de poder de un puñado de dirigentes que habían hecho de las armas y de la membresía de su ejército su principal instrumento de movilidad política y de negociación?”. Don Venustiano no creía conveniente que Álvaro Obregón llegara a la Presidencia de la República.

El sonorense había logrado amarres políticos muy importantes y su carrera hacia el poder se antojaba imparable. El intento fallido de don Venustiano por cerrarle el paso lanzó gasolina a la inacabada hoguera revolucionaria y las armas volvieron a empuñarse en el tiempo en el que no se contaba aún con el soporte institucional para dirimir las diferencias políticas. Los componentes humanos que hicieron la Revolución fueron disímbolos. Ahí encontramos lo mismo bravucones que idealistas, convenencieros, traidores, líderes y patriotas. Sin instituciones y cauces jurídicos sólidos, el enfrentamiento de sus intereses sólo podía encontrar desahogo en la ardiente ruta de la violencia.

Noventa y dos años después, la sucesión presidencial vuelve a ofrecer problemas. Y los componentes humanos vuelven a ser idénticos a los antes enumerados. Andrés Manuel López Obrador es político de la vieja guardia que no se formó en la cultura democrática y tal vez por ello no cree en su valor. Sus orígenes los encontramos en la cúspide del poder hegemónico del partido único, cuando los valores políticos que se hacían valer poco tenían que ver con democracia. Justo es reconocer que AMLO tiene méritos que nadie le puede regatear. Muchos lo catalogan como un luchador social auténtico y congruente. Sin embargo, justo es afirmar que sus armas de guerra jamás han sido ni los pensamientos ni las acciones democráticas. Como buen caudillo, López Obrador sustenta su apetito de poder en la capacidad de movilización de grupos radicales —y algunos moderados— que le proveen su principal instrumento de movilidad política y de negociación. Hoy, su apuesta la coloca del lado de la sinrazón, el sospechosismo y el resentimiento social tan acendrado en nuestra idiosincrasia. Como no gané yo y eso era lo conveniente, entonces aquí hay gato encerrado. Y lo mismo sostiene que cinco de los más de 19 millones de votos que obtuvo Peña Nieto fueron comprados a cambio de una despensa —y aquí llama la atención que en el colmo del capricho dijo cinco, como pudo haber dicho seis, o siete, o cuatro, da igual—; que afirma que los medios de comunicación conjuraron una especie de influjo mágico que turbó las mentes de quienes no votaron por él. En el clímax de sus hervores, AMLO jura que quienes no le concedieron su voto son mexicanos que quieren al país sumido en el mar de la represión, la corrupción y la decadencia, toda vez que cualquier opción política que no sea la suya debe ser rechazada inmediatamente, tal y como se tramita lo que es de obvia resolución.

La ventaja de nuestros días son nuestras instituciones. Hoy, la normalidad campea por el territorio nacional gracias a la solidez institucional adquirida con el paso del tiempo y la experiencia política acumulada. López Obrador muestra los signos inequívocos que acompañan a los políticos que él mismo dice haber combatido durante buena parte de su vida pública. No cabe duda de que estamos ante un hombre de luces y sombras que hoy nos vuelve a mostrar su rostro de luna nueva.

AMLO es un viejo combatiente del viejo régimen, que, al igual que muchos de sus contemporáneos, no creyó en la democracia.

eduardo@eduardo-sanchez.org 

Vocero nacional del PRI



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