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Héctor de Mauleón

La Joya: una leyenda perdida



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09 de julio de 2012

Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com

Me ha intrigado siempre ese tramo de 5 de Febrero que en la época colonial recibió el nombre de Calle de la Joya. Los mejores cronistas de la ciudad de México husmearon papeles amarillentos y lograron rescatar del olvido el origen de los nombres de casi todas las calles del viejo centro. Desentrañaron el por qué de la calle de las Ratas, las Verdes, los Medinas, la Machincuepa, la Perla, la Cruz Verde, la Paja, la Pelota, Salsipuedes. Nos develaron los secretos de la Amargura, las Atarazanas, el Blanquillo, el Cacahuatal, la Cerbatana, la Escondida, las Delicias, los Flamencos.

Con La Joya, nombre destellante y misterioso, toparon con un agujero negro.

En la ciudad refundada por los españoles, los primeros nombres de las calles fueron impuestos, no al acaso, sino en atención “a lo que había en ellas de más notable”. Iglesias, conventos, hospitales, puentes, hospicios, palacios. La nomenclatura era una explicación, y también una forma de la memoria. Numerosas calles fueron bautizadas en función de los personajes que las habitaron (calle de los Oidores, de Manrique, de Roldán, de Tiburcio, del Padre Lecuona), o bien de los sucesos que merecían ser fijados en la memoria (Puente de Alvarado, calle del Indio Triste, calle de la Mujer Herrada).

Los cronistas descubrieron, sin embargo, que había en la ciudad una leyenda perdida. La Joya.

Recorro 5 de Febrero desde la esquina de República de El Salvador hasta Mesones, donde una placa de azulejo informa que este tramo se llamó La Joya hasta las primeras décadas del siglo XX. Encuentro farmacias, casas porfirianas, ópticas, tiendas de perfumes. En el último tercio del siglo XIX, José María Marroqui caminó mil veces esta calle intentando arrancarle sus misterios. En los legajos del Cabildo encontró que, al menos hasta 1734, nuestra actual 5 de Febrero fue llamada “la calle que va de los Portales de Mercaderes al Puente de la Aduana Vieja”. En una certificación de 1784 halló, repentinamente, la referencia a unas casas situadas “en la calle de La Joya”.

Marroqui caminó esa calle, tocó puerta por puerta, pidió hablar con los más viejos. Pero la ciudad devora muchas cosas. Está visto que una de sus actividades favoritas consiste en roer su propia memoria.

El 13 de marzo de 1882, Vicente Riva Palacio publicó en el diario La República una de sus Tradiciones y Leyendas Mexicanas: “La calle de la Joya”. En ese texto, Riva Palacio, gran conocedor del pasado colonial, atribuía el nombre de la calle a un crimen. Según el autor, en tiempos del virreinato un opulento mercader había descubierto a su mujer en el momento de recibir de su amante un brazalete magnífico. Enloquecido por los celos, el comerciante acuchilló a ambos, salió a la calle con las manos tintas en sangre y, con el mismo puñal con que había cometido aquel doble asesinato, clavó la delicada joya en el portón de su casa, para que todos vieran cómo había que defender la honra.

Marroqui relató después que luego de leer, muerto de envidia, el artículo de La República, salió él mismo a la calle para preguntar a Riva Palacio “en qué archivo o parte” podía encontrar la relación de aquel delito. Riva Palacio sonrió pícaramente, y murmuró estas precisas palabras: “No crea usted, todo es imaginación”.

Marroquí había nacido un 6 de febrero, un día después del día al que hoy alude la calle cuyo secreto lo atormentó hasta la tumba. “No pude sacar nada en limpio”, se quejó el gran inquisidor de nuestros misterios metropolitanos. ¿Qué pasó entre 1734 y 1784? No pierdo la esperanza de haya por ahí un documento escondido.



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