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Juan José Rodríguez

Ramón Rubín: primeros cien años



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08 de julio de 2012

Con tanta alharaca electorera a no pocos se nos pasó el primer centenario del escritor mazatleco Ramón Rubín. Su vida fue discreta, ajena a los reflectores, y quizás esto fue parte no del vano azar, sino de las secretas reglas que rigen este universo.

Ramón Rubín Rivas nació el 11 de junio de 1912 en Mazatlán, fue un polígrafo incansable: realizó cuentos, novelas, ensayos históricos y hasta un manual de acuacultura, hecho con una prosa clara para que lo entendiesen los campesinos sencillos. Viajó como marino y transportó armas durante la Guerra Civil Española: por ese y otras paralelismos algunos apologistas lo han encumbrado a la altura de Ernest Hemingway, aseveración que siempre rechazó con insistente modestia.

Llevó una vida que le permitió conocer buena parte del territorio nacional y en varios de sus cuentos y novelas los indígenas son tratados con singular dedicación, no muy común en la época. Dos de sus novelas, La bruma lo vuelve azul y El canto de la grilla acontecen en el ámbito cora y huichol, mientras que en su novela El seno de la esperanza la protagonista principal es una mujer yaqui que corresponde al inusual nombre de Betónica.

De gustos sencillos, dedicado por años a las ventas como agente o empresario, en sus últimos años regaló a sus obreros las dos pequeñas fabriquitas de calzado que tenía en Autlán, Jalisco, y se dedicó a descansar y escribir. (De joven trabajó en la fábrica de hilados de Villa Unión, cerca de Mazatlán, de donde lo corrieron por bolchevique, en palabras propias.)

Don Ramón Rubín no realizó teatro, pero tuvo presencia en las tablas de manera indirecta gracias a un escándalo de plagio.

La famosa obra teatral Los cuervos están de luto -que ocurre durante un funeral de pueblo en donde las nueras están peleando la herencia ante la pasividad de los hijos - la escribió el dramaturgo Hugo Argüelles, inspirado en un cuento de Rubín, quien lo demandó por plagio y ganó el pleito, ya que en ningún momento le dio el crédito.

El texto se llama “El duelo” y aparece en su Primer Libro de Cuentos Mestizos. Hay que reconocer que la obra tiene lo suyo. La aportación dramática y los diálogos van más allá de la anécdota del relato.

Rubín me contó en entrevista que esa historia le había pasado en la vida real a un conocido suyo que trabajaba en la campaña del paludismo, por allá en los años 50 en Nayarit, quien luego no quiso recibir ningún centavo producto de esa demanda cuando él quiso darle parte de lo suyo…

En las solapas de libro El Valle de Autlán viene un breve texto autobiográfico del cual comparto un fragmento:

“Soy un hombre de 65 años que tiene escritas poco menos de 20 novelas y unos 500 cuentos breves. Empecé a escribir a los 16 años y aún no termino. Casi toda mi obra es de relatos sobre situaciones vividas u observadas. Y es únicamente en ello en lo que podría equiparárseme Ernest Hemingway, como se obstinan en hacerlo algunos cronistas. En verso sólo escribí dos romances que permanecen justamente ignorados”.

Esos romances los escribió para participar en los Juegos Florales del Carnaval de Mazatlán y en ellos compara las tres islas de Mazatlán con tres destructores en formación. No obtuvo el galardón, pero el premio tenía un accésit al cuento y ganó dos premios con los relatos “El tonto de Pueblo Viejo” y “Por las dos leyes”.

Rubín empezó a escribir cuando era un joven estudiante de mecanografía en la Academia Pitman de Mazatlán. Como no alcanzaba a ver los textos que el maestro ponía en el pizarrón, éste le dijo que escribiera lo que le diera la gana sin cometer faltas de ortografía y así, de esa manera inesperada, nació uno de nuestros mejores narradores.

A veces, de accidentes tan peculiares como estos puede nacer toda una literatura.



Editorial EL UNIVERSAL Expansión del crimen


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