Qué bueno que ganamos

GUILLERMO OSORNO estudió periodismo en la Universidad de Columbia. Fue reportero de investigaciones especiales en el periódico Reforma y edit ...
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A las 10:30 de la noche del domingo pasado recorría Reforma hacia el Hotel Hilton Centro Histórico, donde se habían congregado los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador en espera de un mensaje de su jefe. Llevaba unos audífonos conectados a un celular donde escuchaba la radio. El especialista Sergio Aguayo hablaba con el locutor Sergio Sarmiento sobre la posible reacción de López Obrador.
La pregunta era: ¿Reconocería AMLO su derrota o se engarzaría a un conflicto post electoral, como en 2006? Sarmiento anunció que Leonardo Valdés, presidente consejero del Instituto Federal Electoral diría a las 11:15 los resultados del conteo rápido.
La calle frente al hotel estaba en obras, rodeada con vallas de tela anaranjada. Un ejército de carritos ambulantes de esquites, tamales, chicharrones, refrescos, palomitas y patas de pollo rodeaba a una multitud encabronada. La pregunta en la calle era: ¿iban a dejarse robar la elección una vez más? El mejor análisis de la situación lo hizo Enrique González, comerciante ambulante, de tribu neogótica que estaba vestido con un abrigo negro, una camisa roja y botas negras. Llevaba el pelo largo y una bandera de Morena en el hombro. ¿Cuál era su pronóstico? Qué Andrés Manuel les pediría que estuvieran pendientes hasta no ver los resultados finales el 4 de julio, cuando se hacía el recuento oficial de casillas.
Y eso es lo que sucedió: AMLO llegó, se metió por el estacionamiento de atrás hasta un salón en el hotel e hizo un anuncio muy parecido después de que Valdés promulgó que, según el conteo rápido, López perdía por siete puntos.
—Estamos muy decepcionados— dijo Hortensia, simpatizante de Morena. Ella se puso a hacer unas cuentas largas, —ya son 12 años de que nos robaron las elecciones. Primero fue Salinas, luego Zedillo, que le dio el poder a Fox, todo dentro de la misma élite. Y ya ves. Fox resulto una basca. Luego vino Calderón, que nos robó la elección. Y ahora otra vez. Pero ponga lo que es ¿eh?
A las 11:45 la gente no sabía qué hacer. Unos se querían ir al Zócalo. Otros gritaban: ¡No se vaya, no se vayan!
—Yo creo que [a AMLO] lo presionaron psicológicamente para que firmara el acuerdo de civilidad en el IFE— dijo un hombre que rechazó decir cómo se llamaba, pero quiso dejar claro que era una “víctima del 68”. Se refería al acuerdo que los candidatos habían hecho recientemente para respetar los resultados electorales. El fraude estaba ya fraguado.
Mientras la gente decidía si irse o quedarse, yo me fui al Monumento a la Revolución donde me encontré a un grupo todavía más enojado. Estaban frente a un centro de acopio de información del movimiento YoSoy132, donde ya no había estudiantes. Era una asamblea y los participantes simplemente se pasaban el altavoz. Hablaban de huelga general, de conmocionar el sistema financiero.
—¿Cómo se hace una revolución?— se preguntaba una señorita como si nada.
“¡Todos a impulsaaar, la huelga nacionaaal!” Coreaba la gente a modo de respuesta.
Mientras tanto, en la explanada del PRI, a unas cuadras de allí, el ambiente era completamente festivo. Un comerciante muy vivo había mandado hacer tazas y caballitos de tequila con la efigie del candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, a quien el IFE había declarado ganador del conteo rápido. La gente se llevaba las tazas por docenas. Aquello era también la imagen de lo que viene. Simpatizantes en chamarra blanca que podrían haber salido del sitio mirreybook.com (que retrata galanes en actitud retadora), abarrotaban la banqueta. La calle de Insurgentes, frente a la sede del PRI, estaba atascada de autos blindados en segunda fila.
Me tocó ver a un pordiosero que gritaba cosas por el vidrio al dueño de una de esas camionetas: le pedía dinero para poderse operar del riñón. El dueño del auto, joven de pelo cano y aire triunfador, hizo un gesto de fastidio. Bajó la ventana y extendió unas monedas al pedigüeño que, agradecido, dijo:
—Qué bueno que ganamos ¿no?


