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Porfirio Muñoz Ledo

La lucha continúa

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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03 de julio de 2012

La jornada electoral de antier fue un ejercicio admirable de esquizofrenia. Los miles de mexicanos que seguíamos alternativamente la información proveniente de las redes sociales y los escenarios prefabricados por la televisión comercial vivimos simultáneamente en dos planetas distintos: el de la perfección democrática por un lado y el de la simulación y el abuso por el otro.

La coreografía transmitida por los medios masivos de comunicación habla de un primer mundo concebido por libreto: la eficiencia institucional rayana en lo infalible y la civilidad política a toda prueba. Las disputas en el mundo real reflejan en cambio la vulnerabilidad democrática de la miseria, la afrentosa inequidad, el dispendio de las arcas públicas, el recurso de la violencia, la guerra cibernética y la impermeable parcialidad de las televisoras.

No vaya a ser que este giro de la historia, en caso de consumarse, despierte el fantasma de Vargas Llosa y nos encontremos frente a una “dictadura perfecta”. La abolición de la crítica en el discurso oficial —hoy en apariencia plural— nos remonta a los años sesenta y pareciera anunciar, como ellos lo han sugerido, la instauración de un nuevo ciclo de 18 años, en el que lo “moderno” no es sino la suma de las recetas duras de un neoliberalismo en desuso.

Elena Poniatowska ha dicho con un dejo de sabiduría que “estas luchas suelen ser largas”. Lo son en efecto las batallas por la cabal democratización de un país, por la igualdad social o por la afirmación de su independencia. Las resistencias combinadas contra los cambios verdaderos han vedado el acceso al poder nacional de las izquierdas en 1988, en 2006 y ahora pretenden repetir la hazaña. Por esa sola razón la nuestra es una transición trunca, si no abortada.

Sin embargo, los términos de la contienda son ahora distintos. Con independencia de las decisiones y estrategias de los liderazgos políticos y de los partidos frente a la coyuntura, los candidatos de izquierda tuvieron avances notables en el norte del país y en entidades significativas, alcanzando tres gobiernos federativos, entre los que destaca el voto arrasador de premiación en la capital de la república.

El escenario es diferente también porque el discurso progresista probó con creces su veracidad: en efecto, el espectro político nacional es bipolar. Existen dos vertientes claras y dos realidades contrapuestas: la que encarnan quienes desfilaron por la escena televisiva avalando la elección —y obviamente sus patrocinadores económicos— y la de quienes mostramos nuestra inconformidad contra la falsificación deliberada de la voluntad popular. En particular, el movimiento de la ciudadanía y la juventud rebelde.

Los fenómenos ocurridos en la base social vuelven imposible gobernar como en el pasado, cualesquiera que sean los titulares de los poderes públicos. La solución política del país no pasa hoy por la alquimia de la componenda, la cooptación, los gobiernos de coalición o el solo respeto a los poderes territoriales. Es imprescindible responder a las inquietudes esenciales que ha diseminado la sublevación de las conciencias.

Lo primero es la legalidad electoral. Es menester agotar todas las instancias previstas en la norma para garantizar la legitimidad del proceso. Las dudas ciudadanas deben ser satisfechas y los agravios reparados. Ha de establecerse en seguida la agenda de las reformas a la legislación vigente, así como los compromisos entre los actores —el poder y la sociedad— para transcurrir hacia una democracia genuina.

En más de un sentido esta elección fue la concreción de la pesadilla presentida por los jóvenes. El movimiento #YoSoy132 no ha logrado su intento de impedir que los poderes fácticos nos impongan gobernantes, pero ha sembrado dos cuestiones fundamentales: la indispensable democratización de las telecomunicaciones y la introducción de métodos de participación social en la toma de las decisiones. Su lema podría ser “Honestidad y transparencia”.

Como nos heredaron los insurgentes angoleños “la lucha continua”, pero a partir de hoy y no con ánimo de lucha para la eternidad, sino de liberación temprana.

 

Diputado federal por el PT



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