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Agustín Basave

Más de 131 razones para prevalecer

Agustín Basave es Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Oxford. Su libro más reciente es Mexicanidad y esquizofrenia (Océano, 20 ...

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28 de junio de 2012

Que su recuerdo te aliente siempre, Pepe

El problema de nuestro tiempo es fundamentalmente político. Se trata de una crisis de la democracia contemporánea o, más precisamente, de su representatividad. A mi juicio, la creciente inconformidad mundial con el desastre económico imperante debería encauzar sus energías hacia la reforma de sus mecanismos de representación. Si no hubiera menguado la influencia de las mayorías no se habría dado la debacle financiera en Estados Unidos y en Europa, porque no habría habido una regresión del capitalismo a sus orígenes salvajes dieciochescos, remasterizados en la nueva economía de casino que sólo ha beneficiado a un puñado de personas. La historia ha demostrado que el sistema capitalista puede prohijar bajos niveles de desigualdad social: ahí está la Europa socialdemócrata de mediados del siglo pasado. La clave fue el Estado de bienestar (Eb), construido por gobernantes que representaban la voluntad mayoritaria de sus sociedades, a las demandas de mejores niveles de vida de un electorado masivamente desprotegido.

Pero he aquí que el éxito de la socialdemocracia cavó su propia tumba. Por un lado, la clase media se volvió mayoría en el primer mundo y sucumbió al canto de las sirenas derechistas que le ofrecían bajar impuestos y, por otro, el envejecimiento de su población frenó el financiamiento de los sistemas de pensiones y en general del Eb. Y por si fuera poco, la quiebra del socialismo real libró a la derecha del temor fantasmal que había ayudado a domesticar al capitalismo. Se desmanteló así parte del Eb europeo y se desreguló el sistema financiero estadounidense. Claro, todo eso ocurrió allá. Acá, en América Latina, padecimos la cruda sin haber disfrutado la borrachera. Nos llegó el furor privatizador antes de haber edificado sociedades más igualitarias, y el precario espacio público fue sacrificado en aras del espejismo privado. Y nuestros gobiernos, con su alto nivel de corrupción y sus bajos ingresos fiscales, exacerbaron su dependencia de las dádivas de los más ricos.

En esas circunstancias, la partidocracia mexicana vive alejada de los intereses sociales y subordinada a los poderes fácticos. El aparato de representación, que en nuestra transición democrática había empezado a funcionar, se atrofió prematuramente. Hoy casi todos los políticos quieren quedar bien no con los electores sino con los empresarios que les dan dinero para sus campañas, para sus obras y para su propio bolsillo, y no se diga con aquellos que poseen o manejan los medios, particularmente las televisoras, que pueden encumbrarlos o destruir sus carreras en un santiamén. En buen cristiano, eso se llama plutocracia. Y mientras no forjemos un nuevo acuerdo en lo fundamental con una estructura parlamentaria y los instrumentos de la democracia participativa —plebiscito, referéndum, iniciativa ciudadana— e incentivos para que los partidos respondan a la sociedad —a mayor voto nulo, menos subsidio a los partidos, por ejemplo— todo va a seguir igual.

Los estudiantes del Más de 131 le dieron al clavo. Percibieron intuitivamente que el problema es político antes que económico, y que el fin del neoliberalismo presupone entre otras cosas el fin de la manipulación informativa para que la gente no se apantalle y sí obligue a sus representantes a dejar de complacer sólo a una minoría. Se dieron cuenta de que lo que hay que cambiar es el establishment y protestaron contra su rostro más conspicuo. Con su desparpajo juvenil por delante, no lo dudaron: si en Europa no tuvieron que destruir al capitalismo sino construir una buena democracia para que se lograran sociedades más justas, ¿por qué no habríamos de hacerlo en México? Por eso suscitan esperanza. Por su audacia cándida, por la valentía con que se han enfrentado a un aparato que ha tenido muchísimo poder y poquísimos escrúpulos y que podría recrearlo para entronizar una suerte de factocracia, un gobierno factual ejercido por interpósita autoridad.

Permítaseme concluir con una declaración personal. Porque creo en ellos y porque padecí calumnias e injurias de politicastros que me acusaron sin ningún fundamento —ya no digamos evidencia— de haber “orquestado” un movimiento espontáneo y genuino, acepté con mucho gusto la invitación que los alumnos me hicieron a mí y a otros académicos de la Ibero para formar parte del Consejo de Reflexión del 131. La convicción del riesgo de involución la tenía yo desde hace unos años, pero la vehemencia para expresarla me la despertaron los goebbelsitos hace unas semanas: me dijeron que cuando lleguen al poder no me la voy a acabar y entonces decidí comenzar. No sé cuánto vaya a durar el movimiento —tiene tantos escollos que sortear como razones para prevalecer con fines filoneístas y medios pacíficos después de las elecciones del domingo— pero mientras me pidan asesoría la tendrán. Seguramente los conspiracionistas de chip diazordacesco dirán que eso prueba su acusación (por cierto, no sé qué sea más grave, si difundir la mentira o creérsela ellos mismos). Por mí, que digan misa. El germen del nuevo México que esa generación representa bien vale otro sexenio a contrapelo del statu quo.

 

@abasave
Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana



Editorial EL UNIVERSAL La equidad en EL UNIVERSAL


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