Más allá de las urnas

El secretario de Educación del estado de Puebla, Luis Maldonado Venegas, es originario de Veracruz. Casado, Trayectoria académica: Licenciado ...
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La necesidad de cimentar en México una nueva cultura cívica va de la mano con una nueva cultura política y una ciudadanía de calidad, informada y, sobre todo, participativa. Para exigir hay que decidir y participar. ¿Hasta dónde la decisión? ¿Hasta dónde la participación? ¿Termina todo con llegar a la urna y depositar una boleta electoral? ¿Participar con la representación de los partidos? ¿O directamente, sin ellos? ¿Hay tiempo para recrear una cultura política? ¿Hay condiciones para que la política y sus actores recuperen terreno?
Mauricio Merino apunta que el dilema parece encontrarse entre los términos participación y representación, palabras cuyo significado ha cambiado o evolucionado en diferentes épocas y en el seno de diferentes sociedades. Lo primero que nos sugiere el reclamo de participación es un reproche ciudadano a quienes se les ha confiado la representación y no han podido o no han querido ser puentes de entendimiento y comunicación entre gobernantes y gobernados: los políticos, que no escuchan, no atienden, no sirven a los grupos que componen una nación, acusan los reclamantes.
Sin embargo, dice Merino, representación y participación se requieren inexorablemente. Cuando aquella crítica a las formas tradicionales de representación democrática llegó al extremo de reclamar una democracia participativa capaz de sustituirla, olvidó por lo menos dos cosas: que la participación no existe de manera perfecta y olvidó los dilemas básicos que ya comentamos. Pero olvidó también otra cosa: que la verdadera representación no puede existir sin el auxilio de la forma más elemental de la participación ciudadana: los votos del pueblo.
Para muchos, primero hay que elegir libremente a los representantes; después vincular y exigir que se refleje el resultado electoral en las políticas públicas. Y la mejor manera de hacerlo es confiar, participar, vigilar y acatar el mandato depositado en las urnas. Pero no se puede dar ese importantísimo paso deslegitimando sistemáticamente a las instituciones democráticas, por deficitarias que sean. Porque, quien deslegitima por sistema, acaba deslegitimándose a sí mismo, en tanto que el ninguneador también se ningunea.
Sin participación no hay democracia. Participemos y démonos una oportunidad “para no transitar de la esperanza al escepticismo”, como le ocurre al protagonista de la novela El desencanto, de José Woldenberg.
luismaldonadovenegas@hotmail.com
Secretario de Educación Pública del estado de Puebla


