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Francisco Rojas

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26 de junio de 2012

Aunque para algunos candidatos y partidos el primer objetivo es ganar las elecciones del próximo domingo, para el país lo importante es refrendar la democracia, y este refrendo será más contundente en la medida en que más personas acudan a votar, que no haya incidentes graves y que ganadores y perdedores respeten la voluntad de la mayoría.

La construcción de la democracia mexicana ha sido una respuesta civilizada a una sucesión de conflictos y demandas sociales, entre ellas, las provenientes de los movimientos estudiantiles, obreros y campesinos y de las fuerzas políticas desde la segunda mitad del siglo XX. Ante ello, el PRI impulsó un proceso gradual pero profundo de reforma política que, en 1977, posibilitó la apertura de cauces institucionales a grupos y partidos que actuaban en el clandestinaje o ni siquiera se habían organizado, e inauguró la pluralidad con el sistema mixto que comprende distritos uninominales y circunscripciones plurinominales. El registro de siete candidatos presidenciales en 1982 fue un claro reflejo de la diversidad política de la sociedad.

Los partidos se fortalecieron, la oposición ganó espacios y fuerza política en la Cámara de Diputados y demandó reformas adicionales. Las instituciones fueron receptivas a esos reclamos y aceleraron la reforma política. En 1989, el PAN gana su primera gubernatura y en 1990 se crea el Instituto Federal Electoral (IFE) para organizar las elecciones.

La reforma de 1996 fue precedida por la violencia política de 1994 (insurrección en Chiapas, asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu), la crisis financiera y la recesión económica. Se dio plena autonomía al IFE y se creó el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) como sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Desde entonces hasta nuestros días, los ciudadanos organizan las elecciones: la movilización cívica de miles y miles de mexicanos que actúan como autoridades electorales y cuentan los votos ha sido reconocida en el mundo entero.

En 1997 el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y el PRD ganó la jefatura del Gobierno del Distrito Federal; en 2000, el candidato del PAN, Vicente Fox, ganó la Presidencia de la República y en 2006 triunfó otro panista, Felipe Calderón, con una ventaja menor a 1%. Aún están en la memoria las protestas del candidato perdedor y los problemas políticos que les siguieron.

Este domingo, los ciudadanos decidiremos quién nos gobernará. Esa noche, el presidente del IFE informará el resultado del conteo rápido, cualquiera que éste sea. Después que se hayan contado los votos y se desahoguen las impugnaciones, el Tribunal Electoral anunciará el resultado final e inapelable.

La democracia exige aceptar la voluntad de la mayoría, por pequeña que sea la diferencia de votos; por ello, la semana pasada se firmó un acuerdo en la Comisión Permanente del Congreso confiando en que todos los partidos acepten los resultados electorales.

Más de un millón de vecinos nuestros organizarán y vigilarán las elecciones y existen múltiples pruebas de que es imposible un fraude concertado. Por eso no hay lugar a las acusaciones prematuras de un supuesto fraude. Los ciudadanos que valoramos la democracia debemos defender las instituciones y el voto. Llevamos más de 35 años perfeccionando la democracia representativa y no la vamos a echar por la borda.

El domingo por la noche habrán concluido las elecciones y todos deberemos ver hacia adelante. Los problemas internos y externos son muchos y de gran calado, y los mexicanos no nos debemos desgastar en conflictos innecesarios y sin sustento. El nuevo presidente lo será de todos y deberá convocar al país entero, los que lo apoyaron y los que no, a sumar esfuerzos por un objetivo supremo y común: el bien de México.

 

Coordinador de los diputados federales del PRI



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Editorial EL UNIVERSAL Los guardianes de la elección


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