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Manuel Camacho Solís

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25 de junio de 2012

El proceso electoral llega a su fin. El PRI pasó de la propaganda sobre la certeza de la victoria de Enrique Peña Nieto a la estrategia del temor y la amenaza por el crecimiento de Andrés Manuel López Obrador. Ni con todo el dinero y los más amplios respaldos, pudo el PRI demostrar que tenía un candidato a la altura del reto histórico. No parece darse cuenta de que la elección se ha cerrado y serán mayores los retos a la gobernabilidad.

El PRI tendrá que aceptar que AMLO logró revertir sus altos negativos y ha llegado a la final. Que la opinión pública quedará impactada por los escándalos de corrupción de algunos gobernadores priístas. Que el movimiento de los jóvenes cambió la elección. Que en lo que toca al aglutinamiento de la inconformidad social, la elección que viene se parece más a 1988 que a 2006.

Los números. A estas alturas, el PRI y sus publicistas son incapaces de reconocer a qué punto se le ha caído su votación en el DF, Puebla, Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Baja California, Michoacán, Morelos, Tlaxcala, Quintana Roo y el Edomex. ¿Va el PRI a conseguir sus famosos 15 puntos de ventaja en Chihuahua, Coahuila, Durango, Sinaloa, Querétaro, Colima o Nayarit? ¿Le va a ganar al PAN Guanajuato? ¿Conserva la ventaja de la que ha presumido en Jalisco o Tamaulipas?

La estructura electoral. El PRI confía en su estructura, pero aún no reconoce que el movimiento progresista logró montar una estructura equivalente.

Cambios en el estado de ánimo. El PRI sigue sin reconocer el impacto que han tenido los jóvenes en esta elección. Dicen que ninguno. Que no han alterado las cifras de las encuestas. La verdad es que ni siquiera las leen. El voto joven ha migrado hacia AMLO, cuando estaba totalmente con EPN. El de los independientes también se ha acercado más a López Obrador. Pero más allá de las encuestas, los jóvenes lograron abrir la televisión y son parte de una movilización nueva que se sentirá en la elección y después de ésta.

Autoritarismo. El gen autoritario del PRI parece incontrolable. Se equivocaron en su reacción frente a la inconformidad de los estudiantes de la Ibero. Su respuesta fue tan torpe que magnificaron la inconformidad y le dieron un punto de apoyo al surgimiento de un movimiento amplio de universidades privadas y públicas que, con otro trato y respuesta, no se habría generado. A pesar de ello, persisten en las viejas prácticas de la descalificación, el fomento de las divisiones, el apoyo a competidores que carecen de legitimidad, el uso de grabaciones ilegales y de fichas policiacas.

Crispación. Contra todo lógica, si en verdad están convencidos de que van a ganar por un amplio margen, el PRI está alimentando el temor y la confrontación. Si pensaran con visión de gobierno, tendrían que reconocer a una oposición de izquierda crecida y desde hoy estarían bajándole decibeles a la confrontación y tendiendo puentes. Extrañamente hacen lo contrario.

Se alarman con la posibilidad de que se complique la postelección, cuando son ellos quienes contribuyen a la crispación. Pensaban que la elección sería como la del Edomex, pero no se dan cuenta de que ésta estará más vigilada que nunca y que se han conformado una movilización y un nuevo ánimo en favor del cambio. Ha crecido la crítica al sistema, a la corrupción, los privilegios.

El candidato del PRI todavía no entiende los signos políticos que marcan los tiempos que vienen. No está preparado para la mayor participación, innovación y transparencia; para el pluralismo y una comunicación de dos vías. No está consciente de que el uso de los instrumentos autoritarios suele generar boomerangs. Que después de la elección habrá una nueva correlación de fuerzas. Que será difícil construir la gobernabilidad y enfrentar los retos de la violencia, las turbulencias internacionales y el malestar de la población con las fórmulas antiguas. Que una cosa son la imagen y la simulación, y otra muy distinta, los atributos de un liderazgo visionario y responsable.

 

Coordinador del Diálogo para la Reconstrucción de México



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