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Porfirio Muñoz Ledo

Reconstrucción nacional

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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19 de junio de 2012

A veces los premios son pertinentes. Llegan en un momento oportuno y sirven para apuntalar una causa, más que para reconocer a una persona. Así la imposición de la medalla Benito Juárez, concedida por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en sesión solemne de homenaje a la política exterior mexicana. Pensaron los organizadores que el Ejecutivo no tiene los méritos para recibirla y decidieron premiar a parlamentarios de ambas Cámaras que en su criterio promovemos mayormente los principios históricos de la diplomacia mexicana.

Consideré la presea como un acto generoso y de solidaridad generacional. Ahí estábamos varios de quienes encabezamos la batalla por el cambio del sistema político y la orientación económica del país a mediados de los años ochenta, en particular Ifigenia Martínez. Me honró en extremo recibirla de una sociedad científica que encarna los valores de la república, la laicidad y el pensamiento ilustrado.

La cuestión central era dilucidar la situación actual de México en el mundo y sus efectos sobre la vida cotidiana de nuestros compatriotas. Aproveché la ocasión para hacer un repaso de los fundamentos históricos y geopolíticos de lo que fue, en momentos cruciales, una política exterior ejercida con independencia. Un conjunto de acciones orientadas a compensar la enorme gravitación de las grandes potencias —principalmente Estados Unidos— en la existencia de la nación.

Rendí un informe sumario de mis actividades al frente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados. Puse el acento en las iniciativas legislativas que promovimos: las reformas constitucionales sobre política exterior de Estado y voto y representación de mexicanos en el extranjero, así como la nueva ley del servicio exterior mexicano. También nuestra lucha contra la ley de tratados que aprobó una mayoría mermada.

Los participantes en el evento coincidimos en lo esencial, pero hubo dos cuestiones que nos diferenciaron. La primera es que a lo largo de la vida republicana, revolucionaria y posrevolucionaria del país nos siempre actuamos en un mismo sentido y conforme a una política de principios. Existieron pactos, incongruencias y complacencias de triste memoria, al lado de hazañas de la imaginación, la perseverancia y la dignidad.

La segunda es la identificación del momento histórico en el que la orientación general de la política exterior se extravió en aras de la supeditación a una esfera de poder muy cercana al entreguismo. Para algunos la decadencia fue precedida por la incompetencia de los gobiernos del PAN. Es un fruto envenenado de la alternancia. Mientras para nosotros el cambio esencial se produjo años atrás con la adopción de la política neoliberal.

El debate resulta definitorio en la coyuntura política que presenciamos. La opción electoral no podría centrarse entre dos variantes de un misma estrategia, sino entre dos proyectos históricos distintos. Eso es lo que está en juego y lo que los jóvenes han entendido. Los días que vienen exigen un máximo de serenidad, prudencia y responsabilidad. La duda fundada sobre la legitimidad de las elecciones podría conducirnos a un abismo social.

Cuando llamamos a la reconstrucción nacional y a la formulación de los acuerdos políticos que permitan la reforma de las instituciones estamos pensando en el final de un ciclo histórico y en el comienzo de una nueva edad histórica del país. Estamos imaginando la culminación del gran empeño que iniciamos hace un cuarto de siglo. Estamos previendo una gran victoria de la sociedad y proponiendo la instauración de una nueva legalidad. Estamos votando por Andrés Manuel López Obrador.

 

Diputado federal del PT



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Editorial EL UNIVERSAL Democracia y legitimidad


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