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Héctor de Mauleón

Elegía por el cine Cosmos



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18 de junio de 2012

Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com

En la vida de todos hay una sala de cine guardada bajo la alfombra. En el reparto de ofertas que la ciudad nos destina, a mí me tocó ejercer un palacio que se hallaba sobre México-Tacuba: el legendario cine Cosmos.

Abandonado desde los años 90, ahora cuelga en uno de sus muros una larga manta que anuncia su venta. La religión de las sombras que durante medio siglo congregó en sus butacas multitudes expectantes se volverá departamentos, oficinas, acaso un centro comercial (un amigo acaba de decirme que en México, los recuerdos se vuelven pavimento).

Mi padre sostiene que su recuerdo más lejano es el día que se incendió el cine Cosmos. Terminaba 1946 y los coches eran voluminosos como tanques de guerra. Se oyeron las sirenas, los gritos de la gente. Los niños de la casa salieron a la calle a mirar las llamaradas.

Diseñado por el arquitecto Carlos Crombé (Colonial, Odeón, Alameda, Olimpia), el Cosmos había sido anunciado como la sala más moderna que habría en la capital: cinco mil butacas de piel, mármoles y herrerías, temperatura graduada “científicamente” y un adelantado equipo de proyección sonora, marca RCA.

Una noche antes de la inauguración, mientras alguien probaba el sistema eléctrico, una chispa prendió los plafones de celotex.

De acuerdo con Excélsior, en menos de dos horas el edificio estba envuelto en llamas. “Cerca de 50 mil personas querían tomar posiciones para presenciar a su sabor el espectáculo dantesco”. Una de ellas, el niño que fue mi padre.

Jesús Grovas perdió esa noche tres millones de pesos. Reinauguró el cine dos años más tarde, convertido en una sala de segunda, una colección de filmes que habían brillado lustros atrás. Lo cual no importaba, porque la gente —reclutada entre las vecindades de Santa Julia, entre los alumnos del Poli, la Normal, la Esca, el Colegio Militar— aullaba como si esas cintas acabaran de triunfar en Cannes.

La “permanencia voluntaria” había llegado a México en 1909, como una novedad impuesta por el Cinematógrafo Cine-Club, que estuvo en Cinco de Mayo. Sospecho que nunca provocó tal furor como en los domingos del Cosmos: tres películas en la mañana y otras tres en la tarde. Todo, por $1.50.

Recuerdo los domingos del Cosmos: butacas con la borra y los resortes de fuera, tortas de jamón o de queso de puerco apiladas en la barra de la dulcería, escurrimiento de líquidos indefinibles (que hacían rechinar las suelas del zapato). Y allá, en la pantalla Cinemascope, Los Siete Magníficos, Shane el desconocido, Los doce del patíbulo, El Halcón Maltés, Los cañones de Navarone.

Conseguir $1.50 para un boleto del Cosmos es el primer trabajo que recuerdo. En la dilatada alfombra de mi vida, el Cosmos fue una manera de entender la ciudad y de ver el cine. Paso ahora por las ruinas del Cosmos: recuerdo esas películas “cortadas” que parecían ruinas de otro mundo, esa pantalla inmensa en la que los filmes se incendiaban de pronto, volviendo el lunetario un manicomio.

Imagino a mi padre viéndolo en llamas esa noche en que la ciudad le estaba deparando la primera aventura, su primer recuerdo imborrable. Goering acababa de envenenarse en Nüremberg, los autos eran como tanques, a mi padre le gustaban los refrescos Pingüino. En 1946 acaba de inaugurarse el Hotel del Prado, se acababa de abrir el restaurante Tampico, Tin Tan acababa de estrenar su primera película importante: Hay muertos que no hacen ruido. María Luisa Landín era la estrella principal de La Hora Nescafé. Arturo de Córdova había sido aprehendido durante una redada efectuada en un casino clandestino.

La casa en la que mi padre y yo vivimos está abandonada. Se vuelve lentamente ruinas. Tal vez no volveré a ver el cine Cosmos. Un día levantaré la alfombra… y ya no habrá nada.



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