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Francisco Rojas

Genio y figura

En la Administración Pública, como miembro del Gabinete Presidencial:

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12 de junio de 2012

Vivimos en un clima de encono que está empujando al proceso electoral a un terreno minado, lleno de celadas. A la violencia verbal y a la crispación en el ámbito electoral, han seguido algunas agresiones físicas a los candidatos; éste es el escenario más peligroso e irresponsable para movilizar a la gente en busca de invalidar las elecciones, y conlleva riesgos descomunales para el país.

Andrés Manuel López Obrador es transparente: si él ataca es “información al pueblo, que no sabe”, pero si lo critican entonces es guerra sucia, antesala del fraude. Es un experto en el arte de hacerse la víctima. El miércoles pasado, en una reunión con intelectuales, evadió comprometerse a aceptar un resultado adverso aduciendo que las elecciones estarían “viciadas” por grupos de poder, por la imposición del “candidato de los medios” y por la permisividad del IFE para investigar los gastos de sus adversarios; asimismo, dijo que es preferible borrar los avances democráticos de los últimos 25 años porque se requiere una renovación, “un cambio verdadero” y que habría que empezar de nuevo.

La estrategia es similar a la de 2006, sólo que ahora empezó antes de las elecciones, con mayor preparación y virulencia, y con grupos de descontentos movilizados, entre ellos muchos jóvenes. López Obrador ya descalificó al árbitro y sus representantes en el IFE impugnaron el conteo rápido para prolongar la incertidumbre sobre los resultados y hacer creíble la “denuncia” de fraude.

AMLO ya no pregona “por el bien de todos, primero los pobres”, promete el bien a “ricos y pobres”. Y algunos ricos le creen o fingen creerle, como los que asistieron a la famosa cena de los 6 millones de dólares. Esta vez no manda al diablo las instituciones para no asustar a sus generosos donantes, pero las desacredita.

Lo que menos le importa son la ley y la congruencia. Si la “república amorosa” buscaba corregir su imagen rijosa, en unos cuantos días López Obrador ha recaído. Desde sus tiempos de invasor de los campos petroleros de Tabasco, conoce el valor de repetir la misma frase, sembrar la misma imagen en una población a la que cree educada por “la caja idiota”. Mientras más desconfiables haga al IFE y el Trife, más creíble será lo que él llama el “fraude electoral”.

El intolerante candidato denunciaba a las encuestas como partes del “compló” de la mafia. Pero cuando un medio de comunicación, sólo uno, disminuyó radicalmente su diferencia con el puntero, habló de un “empate técnico” y ahora dice que va ganando. Mañana alegará que los medios de comunicación, “los de arriba”, “la mafia” y hasta el IFE le “robaron” la elección, aunque las principales figuras de su partido hayan declarado que ellos sí reconocerán los resultados.

Lo último que necesita el país es un conflicto electoral. El trasfondo nacional es sombrío: el desempleo, la desigualdad, la pobreza expansiva, la violencia más feroz que en muchos países en guerra, la violación a los derechos humanos y el uso de la justicia como ariete contra los opositores electorales, son problemas muy graves para todos, no sólo para quienes directamente los padecen. Además, México no es inmune a los acontecimientos externos: los problemas financieros de Europa y el próximo ajuste fiscal obligatorio en los Estados Unidos, nos auguran años de bajo crecimiento económico, desempleo y mayor pobreza y desigualdad.

Si se sale de control el contexto político, podemos entrar a un torbellino económico, social y de violencia, que pondría en riesgo la gobernabilidad de México. Andrés Manuel López Obrador no tiene derecho a jugar con fuego, pues la yerba está seca y es irresponsable encender la chispa.

Dice la historia que a Nerón le bastó una noche para incendiar Roma; ojalá que no sea así la noche del 1 de julio.

 

Diputado federal por el PRI



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