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Guillermo Fadanelli

Necio por siempre

Guillermo Fadanelli. Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); M ...

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11 de junio de 2012

Censurar las opiniones, palabras o ideas de una persona hace que todo a nuestro alrededor se vuelva más triste. El deseo de borrar a una persona del mapa o de enterrar su pensamiento o sus expresiones acerca de un determinado tema es un deseo común. Creo que todos hemos sentido alguna vez la necesidad de deshacernos de un indeseable intelectual cuyos alegatos nos causan escozor e incluso repugnancia. Es verdad, también, que la estancia en esta tierra sería más placentera sin la existencia de muchas personas cuya presencia hace tan efectiva la conocida sentencia de Sartre: “El infierno son los otros.” ¿Para qué más vueltas al asunto? La humanidad es una monserga, una mancha en el horizonte, un fardo que las mulas humanistas deben cargar cuesta arriba. De lo anterior no tengo duda, pero censurar la opinión o pensamiento de cualquiera que desee expresarse, denota una ausencia de elegancia insultante y una inclinación notoria hacia la tiranía. Se comienza censurando palabras y se termina eliminando a quien profieren esas palabras. Por desgracia las personas son “cosas que hablan” y si les negamos su capacidad de palabra las convertimos simplemente en cosas, en animales que pacen y que se acostumbran cada vez más a la inseminación artificial.

A las vacas no se les censura. En Ampliación del campo de batalla, Michel Houellebecq diserta sobre las vacas bretonas y dice (espero haber comprendido bien su ironía) que estos mamíferos pasan su vida plácidamente pastando y mugiendo hasta que un día experimentan el deseo de procrear, y es entonces cuando el pene del toro toma importancia en su monótona vida. Una vez que han visto cumplidos sus deseos pueden seguir pastando y llevando a cabo su rutina cotidiana. Esto podría ser así por siempre, pero el Creador tiene otros planes para ellas y ha decidido jugarles una mala jugada reemplazando al toro por la inseminación artificial. En un principio, las vacas notan el cambio y acusan cierto malestar emocional, pero pasados los días se acostumbran y vuelven a concentrarse en lo suyo. Qué sencillo ha resultado para el Creador hacerse del poder absoluto sin recibir ningún reclamo por su osadía. Qué manera de censurar a las señoras vacas ahorrándoles la visita de los señores toros. Así también, las palabras hacen que los seres humanos sean en verdad humanos y al practicar la censura sobre ellos se les condena a ser simplemente cosas. Al imponerles el silencio o limitar sus expresiones se les hace perfectos candidatos a la inseminación artificial.

En De sangre y de sol, Sergio González Rodríguez dedica un ensayo a la persecución y acoso que la moral victoriana opuso al escritor D.H. Lawrence a un extremo tal que las ediciones piratas de sus novelas comenzaron a propagarse. Si bien el ensayo citado posee varias directrices, yo me concentraría en una de ellas: es suficiente que las personas sufran por el acoso de sus propias utopías, o por el peso que los símbolos ejercen en su sensibilidad como para, además, someterlas al acto injurioso de la censura. El infierno público no puede compararse con la tortura de los infiernos privados y es por eso que la presencia de aquel hace la vida todavía más triste de lo que ya es. Las formas de la censura son numerosas y muchas de ellas silenciosas y sutiles. Una de las más obvias es cuando alguien que simula ser “el Creador” mutila las “malas palabras” de una película para que no sean escuchadas por los oídos castos. Pero la censura puede darse también de otra manera, por ejemplo: reduciendo a una persona a ser sólo “una persona” toda su vida, colgándole una etiqueta y metiéndola al baúl de las cosas malas.

En el libro Thomas Bernhard, un encuentro, el escritor austriaco dice lo siguiente a su interlocutora: “La verdad es que es muy cómodo decir: ése es un necio. Y durante su vida será sólo un necio. Y sólo lo califican de necio, hasta que se muere. Y otro es un escritor lírico exaltado desde hace veinte años y sigue siéndolo hasta su muerte.”

Cuánta razón hay en las palabras de Bernhard: la simplificación también es una especie de censura.



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