aviso-oportuno.com.mx

Suscrbase por internet o llame al 5237-0800




Leonardo Curzio

Pasiones políticas

Su desempeño abarca el periodismo y la academia. Es conductor del noticiario radiofónico Enfoque de NRM y en televisión participa en el pr ...

Más de Leonardo Curzio



ARTÍCULOS ANTERIORES

11 de junio de 2012

Es tan interesante entender los motivos que llevan a un político a buscar el poder como sugerente resulta indagar sobre aquellos que mueven a otros políticos a alejarse de él. Cuando se analiza la biografía de personajes como Enrique Peña Nieto, Josefina Vázquez Mota o Andrés Manuel López Obrador, se pueden espigar elementos sugerentes en uno y otro sentido. Enrique Peña Nieto, por ejemplo, ha hecho un seguimiento de manual de aquello que un político debe hacer para conquistar la Presidencia. No es que a mí me parezca bien, pero está claro que ha trabajado sistemáticamente en tres áreas fundamentales: el cuidado de su imagen, la creación de un grupo político amplio y diverso y en desarrollar acuerdos con los principales grupos de presión, especialmente los medios. No me extenderé en el análisis de estos factores por ser de sobra conocidos, Peña tiene un equipo que trabaja concertadamente para conseguir su objetivo, ha disciplinado su mensaje y reforzado la idea de que el PRI podría ejercer democráticamente el poder. Su manifiesto sobre la presidencia democrática es un decálogo para intentar vacunarse de lo que muchos tememos puede llegar a ocurrir, pero está claro que ha convencido a muchos de que él es la mejor opción (incluido a Fox) y que su triunfo no representa una regresión autoritaria. Es un político, pues, que intenta mitigar los miedos que provoca y ofrecer garantías previas a sus detractores. No sé si sus palabras sean sinceras, pero no tengo duda de que su único objetivo es llegar al poder.

En las antípodas aparece Andrés Manuel López Obrador, quien curiosamente cada vez que se acerca la posibilidad de llegar al poder, se obstina en dar elementos para que los temores que sus adversarios van sembrando, adquieran cuerpo. No deja de sorprenderme que cuando las encuestas reportaban un incremento de la intención de voto por su persona, él dio marcha atrás en su discurso amoroso e incluyente y regresó al viejo discurso confrontador y descalificador. Resulta intrigante el comportamiento de quien al momento de ser electo candidato de la izquierda se propuso conquistar los votos de ese amplio círculo que veía en Marcelo Ebrard la posibilidad de una izquierda moderna, respetuosa de las instituciones, abierta a la crítica y a la rendición de cuentas y tratar de superar así su imagen de político populista, sectario y opaco que se había implantado en algunos sectores férreamente antiobradoristas. En el primer tramo de la campaña no parecía estar en condiciones de conseguir ese propósito, pero después del debate y el movimiento estudiantil, empezó a repuntar, e incluso la encuesta de Reforma lo ubicó en zona de competencia con Enrique Peña Nieto.

Como lo ha explicado la sociología electoral, la formación de mayorías electorales supone un fino equilibrio entre diversas sensibilidades. Debe haber un discurso lo suficientemente abierto para no desmovilizar al voto duro y al mismo tiempo ser lo suficientemente matizado para agregar lealtades que se ubican en otras longitudes de onda hasta llegar al famoso centro político. Es evidente que para conseguirlo se deben hacer concesiones discursivas, gestos políticos y actitudes incluyentes que consigan vertebrar la ambicionada mayoría. Marcelo Ebrard demostró en la ciudad de México que este tipo de ejercicios suponen moderación en el discurso y una genuina actitud conciliadora. Ahora bien, desde que se publicó la encuesta de Reforma, muchos indecisos giraron su vista a la candidatura de AMLO para ver si el proclamado mestizaje con el ebrardismo era genuino. López Obrador había dado los pasos suficientes para desmontar su imagen de “peligro” para México al acudir, por ejemplo, con los banqueros y a otros foros que despreció olímpicamente en el 2006, cuando era el puntero. Muchos sectores tomaron en serio el discurso martiano de la “mano franca” y genuinamente se preguntaron si es mejor un AMLO arrepentido que un PRI recargado.

Para sorpresa mía en el momento en el que los astros se alineaban favorablemente para que AMLO aglutinara más apoyos (algunos tan distinguidos como el de Sergio Aguayo) empezó a lanzar ataques infundados contra el IFAI (por cierto, se cumplen 10 años de la Ley de Transparencia) enseñando nuevamente al político intolerante que como jefe de Gobierno bloqueó una instancia independiente de acceso a la información. Yo puedo entender que a sus bases, esas que le perdonan todo, la transparencia y la rendición de cuentas sean irrelevantes, pero me parece incomprensible que un político sofisticado no entienda que una base del republicanismo democrático es precisamente el binomio acceso a la información-rendición de cuentas. Me niego a pensar que después de estos 10 años de ejercicio de la transparencia, AMLO pueda tener una visión tan extraordinariamente “chata” del IFAI, como la tiene del IFE y de la Suprema Corte.

Me pregunto qué mueve al tabasqueño a alejarse del poder cada vez que lo tiene a tiro de piedra.

 

@leonardocurzio
Analista, conductor de la primera emisión de Enfoque



ARTÍCULO ANTERIOR Pasiones políticas
Editorial EL UNIVERSAL Diez años de transparencia


PUBLICIDAD