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Ricardo Raphael

#YoNosoy132

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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11 de junio de 2012

A Santiago

Este fin de semana fui a ver Colosio, un largometraje que por más de una razón no pasará inadvertido. En mi caso, el filme tuvo un efecto fuerte a propósito de la conciencia que hasta ahora tengo sobre la generación a la que pertenezco.

Acaso, de todos los episodios de orden público que a mis contemporáneos y a mí nos han tocado presenciar, el asesinato de Luis Donaldo Colosio ha sido el que mayor dolor fijó en las memorias.

Nací en 1968 (año de suyo cabalístico); poco antes de cumplir los 18 un terremoto removió la naturaleza de mi ciudad; voté por primera vez en 1988, cuando las elecciones en mi país comenzaron a importar; todavía con 25 surgió en el sureste mexicano una revolución que hablaba de la diversidad de nuestras identidades; sólo dos meses después vino el magnicidio del candidato y a esa generación se nos acabó de golpe la confianza en nuestra juventud y un poco también, nuestra fe en el futuro.

Con todo, pasadita la treintena experimentamos la entrada al nuevo siglo y el arribo a la Presidencia de la República de un partido y un jefe del Estado distintos a los que nuestros padres y nosotros mismos habíamos asumido como inamovibles.

Tales estaciones de la historia, cada una, despiertan significados importantes; sin embargo, insisto, la más estremecedora ocurrió en marzo de 1994. Aquel tiro en la cabeza de un solo hombre nos anunció, en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana, que el país había dejado de ser una comunidad pacífica. Cuando un asesino o una complejísima conspiración —poco importa a estas alturas— fueron capaces de eliminar al futuro presidente, los demás nos convertimos en cayucos a la deriva dentro de un afluente violento.

El filme Colosio, producido por Martha Sosa y dirigido por Carlos Bolado, ambos contemporáneos, me trajo de golpe una cascada de sensaciones que la memoria tenía bien sedadas entre piel y músculos.

Poco importa si el argumento policiaco se sostiene o si la precisión histórica de esta ficción cumple con la ortodoxia; lo cierto es que, gracias a Colosio, en la pantalla del cine se volvieron a dar cita cuanto de miedo y especulación compartimos muchos durante aquella primavera del 94: la desconfianza absoluta hacia el poder y la política, la derrota inevitable de la gente bien intencionada, la fragilidad de la verdad, la abrumadora corrupción, la frivolidad de una gruesa mayoría y la terrible indefensión del individuo cuando la maquinaria de los intereses más mezquinos decide echarse en su contra.

Miro en retrospectiva y me pregunto por qué mis contemporáneos y yo no salimos a tomar entonces las calles. ¿Por qué no hicimos música en las plazas y brincamos en las esquinas con la tranquilidad que hoy los jóvenes tienen de que, al caer, ahí estará el suelo para sostenerles?

¿Por qué mi generación no hizo frente contra los actos corruptos y los políticos torcidos? Peor, ¿por qué muchos de sus integrantes se dedicaron a perpetuar los actos corruptos y se hicieron políticos torcidos? Debo decir que la mejor cepa de ese “nosotros” prefirió hacer cine, música o novelas, quizá porque pronto intuyó que el oficio de la política, en los primeros años de la transición, sería aún más oscuro y pantanoso de lo que nos había tocado observar.

Es aquí donde debo aclarar que, por la coincidencia de la edad, mis contemporáneos resultaron ser los padres de quienes hoy integran mayoritariamente el movimiento #Yosoy132. En casa muchos de estos jóvenes han tenido que soportar conversaciones sobre nuestra épica frustrada, sobre la expectativa inacabada, sobre las ganas y la precariedad de las consecuencias; han tenido que atender el enojo con nuestra ingenuidad por haber creído que para cambiar al país bastaba con sacar al PRI de Los Pinos y meter en su lugar a un Quetzalcóatl diferente.

Me repito una y otra vez que no es mi narrativa, abundante en expectativas truncadas, la que debo colocar sobre el lienzo que apenas comienzan a pintar las hijas y los hijos; apelo en consecuencia por la humildad personal que se necesita a la hora de admirar y apoyar a este movimiento mientras asumo que por edad y experiencia vital #YoNosoy132.

Con todo, ruego porque el movimiento no cometa el error de quienes les antecedieron: el país no cambiará porque una persona llegue (o no llegue) a Los Pinos, ni tampoco el destino se nos resolverá en lo que dura una sola jornada electoral.

Si trascienden el primero de julio, lo que hoy ellos podrían estar poniendo en juego —parafraseando a la Garro— son los primeros recuerdos alentadores del porvenir.

 

Analista político



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