La Plaza de San Fernando
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La plaza de San Fernando, puerta de entrada a la colonia Guerrero, suele provocarme escalofríos. La recuerdo desde siempre —un siempre que comienza en los años posteriores a la construcción del Metro— señaladamente poblada de locos. Sé que en las viejas plazas de la ciudad de México hay imanes invisibles que atraen a las personas trituradas por la urbe: niños de la calle, mendigos, indigentes, teporochos. La plaza de San Fernando, sin embargo, sólo arrastra a los desechos que gritan, gesticulan, se ríen solos.
San Fernando fue para mí un misterio urbano hasta el día en que descubrí que los lugares tienen memoria: que la plazuela está poblada de locos desde 1566, a causa de un ladrón que se salvó de la horca.
En 1534, bajó de un barco un joven sevillano que acababa de cumplir 20 años. De acuerdo con las crónicas, tenía mala cabeza: “ociosidad, disipación, gusto por el juego y las pendencias”. Se llamaba Bernardino Álvarez. Terminó convertido en jefe de una banda de ladrones.
En una crónica escrita por Andrés Cavo, se lee que una mala tarde Álvarez cayó en manos de la justicia y fue condenado al destierro. Antes de que la sentencia se cumpliera, logró fugarse de la cárcel de Corte.
No se sabe cómo, reapareció en Lima. No se sabe, tampoco, cómo logró reunir un caudal de 30 mil pesos. Se ignoran las causas que le hicieron, de pronto, enderezar el rumbo. Lo cierto es que años más tarde volvió a Nueva España, se cortó el cabello, metió el cuerpo en un burdo saco de paño, y se dedicó a auxiliar a los enfermos del Hospital de la Concepción.
Las cosas que Álvarez vio en ese sitio a lo largo de 10 años, lo llevaron a comprar una casa en ruinas que se hallaba a un costado del templo de San Hipólito, en el Puente de Alvarado. En ese caserón, justo en el paso donde habían muerto 600 españoles durante la “Noche Triste”, Bernardino Álvarez abrió el primer hospital para dementes que hubo en México.
Los locos, a los que se llamaba “inocentes”, “enajenados”, “endemoniados”, eran arrojados en ese tiempo a las calles. Los no violentos se veían sometidos a burlas y maltratos. Morían como perros tirados en los callejones.
Con ayuda de distintos patrocinadores —uno de los cuales nunca quiso revelar su nombre—, Álvarez inició la remodelación de la casona, que terminó convertida en “un macizo edificio”. Para sostener a los dementes, fray Bernardino se vio obligado a pedir limosna en las calles: debía ser muy impresionante verlo en las plazas, seguido por dos o tres “endemoniados”. “Den por Dios para las piedras vivas de Jesucristo”, solía decir a los vecinos que hallaba a su paso.
Trabajar en el hospital, cuentan las crónicas, era uno de los empleos más temidos. Las labores cotidianas tuvieron que ser realizadas por reos, y por un grupo de voluntarios del que surgieron los Hermanos de la Caridad.
Los alrededores, necesariamente, se llenaron de locos. Algunos huéspedes del hospital eran enviados con frecuencia a acarrear agua o conseguir leña. Los enfermos que permanecían aún en las calles acostumbraban acercarse en busca de comida. ¿Los lugares tienen memoria?
El hospital de San Hipólito cerró en 1910, año de la inauguración de La Castañeda. Manuel Payno lo había visitado: encontró una sucursal del infierno con personas hacinadas en jaulas. Había mugre, sangre, piojos, excrementos.
El “macizo edificio” todavía existe. Es posible caminar por su claustro poblado de sombras, imaginar los siglos de dolor, casi palpar los 400 años de imágenes que —no me hagan caso, yo también estoy loco— han dejado en los muros un eco, una huella, una impronta.
Sigo teniendo escalofríos. Las imágenes que inquietaron mi infancia pudieron inquietar también la de un niño de 1566. Ahí, durante todo este tiempo, los desechos gritan, gesticulan, se ríen solos.



