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Ricardo Raphael

Y si un gobierno de coalición…

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Púb ...

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04 de junio de 2012

Si en México existiera segunda vuelta, las cosas andarían ya muy complicadas para Enrique Peña Nieto. No solo por la suma de votos que hacen las oposiciones al PRI, sino también por la corriente de opinión que hoy acerca a los electores del PAN y del PRD en marchas, discursos y expresiones varias.

Muy probablemente un juego de dos rondas en la elección presidencial haría que el candidato priísta optara por hacer coalición de gobierno con el Panal. En revancha, Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador estarían forzados a borrar de su memoria cuanto agravio han amontonado, con tal de cruzar la línea y hacer gobierno juntos.

Es cierto que para parte del electorado panista y para alguno de sus dirigentes más destacados, por ejemplo Manuel Espino, o acaso el presidente Felipe Calderón, sería casi imposible ubicarles cerca de López Obrador. Sin embargo, hay otro PAN cuyo ánimo es menos antagónico hacia la izquierda y, además, ahí se vive el regreso del PRI como el peor de los escenarios. Fue este otro panismo el que hizo alianzas estatales, por ejemplo, en Oaxaca y Puebla, logrando resultados notables.

Dentro de las filas de la izquierda también los hay de las dos especies: están los puristas que hace relativamente poco se opusieron a que Alejandro Encinas acudiera como candidato común para la gubernatura del Estado de México. Y están los más negociadores, los que, no de hoy, sino desde hace tiempo, han sabido empujar propuestas políticas e iniciativas legales apoyadas por la dupla PAN-PRD.

No hace tanto Sergio Aguayo hizo notar que muchas de las reformas importantes de la transición democrática mexicana se produjeron justamente por el entendimiento entre estos dos partidos: destacan las reformas electorales o las que han tenido que ver con rendición de cuentas y transparencia.

En efecto, por el lugar que ocupan en el espectro político mexicano, el cual tiene forma de triángulo, el partido de la derecha y el de la izquierda han sido la base de una funcional geometría.

Ha ocurrido también que PRI y PAN jueguen un rol parecido y por ello la crítica de AMLO al mentado PRIAN. Para ser preciso, es cierto, las dos recetas son parte de nuestra historia reciente. Por tanto, hay antecedentes apropiados tanto para legitimar una cohabitación PAN-PRD como para denostarla.

Sin embargo, con la corriente de opinión que en fecha última se ha venido construyendo en contra de Enrique Peña Nieto, tengo para mí que la justificación sobre un eventual acuerdo sería superior a la crítica que se despertaría. Sobre todo si, además de las ganas de ganar, esa cohabitación estuviese apoyada por una agenda de pactos concretos para asegurar que ocurran en definitiva los tramos faltantes de la democratización mexicana.

Un programa de gobierno común y una aceptable repartición de los cargos en el gabinete, así como una agenda legislativa coherente, ayudarían a vencer resistencias. Sobra decir que solo así se volvería creíble que, por ejemplo, Josefina Vázquez Mota se convirtiera en una integrante destacadísima del gobierno de Andrés Manuel López Obrador o viceversa.

Hasta aquí con la especulación: el problema es que en México la segunda vuelta no está contemplada y, además, el sistema político es presidencial y por tanto no se prevén los gobiernos de coalición, mucho menos las experiencias de cohabitación.

Una vez que las coaliciones electorales ya han sido registradas ante el IFE, nuestro arreglo institucional desestimula los pactos de gobierno de carácter pluripartidista.

No obstante, es sobre todo por una segunda barrera que esta vez el escenario del gobierno de coalición se hace imposible; el orgullo se introduce aquí como elemento a considerar: ¿podría AMLO invertirse sinceramente en una alianza con el panismo de Vázquez Mota?

Quizá el éxito de Enrique Peña Nieto en esta contienda tiene como uno de los ingredientes más potentes a la irresoluble polarización que, desde la elección del 2006, se produjo entre panistas y perredistas. El candidato del PRI va arriba en las encuestas no solo por quienes le apoyan, por su equipo de campaña, o por su apariencia física. Como se infiere del argumento aquí desarrollado, sus principales adversarios han trabajado también para que le vaya así de bonito.

 

@ricardomraphael
Analista político



Editorial EL UNIVERSAL Compromiso con la educación


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