La Alameda: daños colaterales

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde hace t ...
Más de Sara SefchovichCuando hace algunas semanas el Nobel de Economía Paul Krugman vaticinó que en poco tiempo a España le sucedería lo que alguna vez le sucedió a Argentina, que era ver su economía desfondada y la instauración del llamado “corralito”, que consiste en la restricción de la libre disposición de efectivo, para controlar la salida de dinero de los bancos intentando así evitar el colapso del sistema, otro Nobel, Mario Vargas Llosa, lo acusó de irresponsable, porque al decir esas cosas provocó tal pánico que millones de dólares salieron de ese país rumbo a bancos alemanes y norteamericanos. Y es que, según Vargas Llosa, Krugman no pensó en las consecuencias de sus palabras.
Éste es un ejemplo de que las acciones y palabras tienen consecuencias que nadie imagina cuando las hace o dice.
Recuerdo cuando estudiaba secundaria: me enseñaron que Benito Juárez desamortizó los bienes de la Iglesia y se opuso a las corporaciones. Según los libros de texto de la época, eso fue un paso importantísimo para el país, pues permitió echar a andar su economía. Pero cuando entré a la universidad me enteré de que la ley estuvo redactada de tal manera que también las tierras comunales de los pueblos indios les fueron arrebatadas, una consecuencia no deseada de su acción que hizo mucho daño.
En su espléndido libro Colapso, el geógrafo norteamericano Jarred Diamond relata cómo la religión de los habitantes de la Isla de Pascua los obligaba a cortar árboles para hacer enormes estatuas con la madera. Esta acción, como han demostrado los activistas que en México tratan de impedir la tala inmoderada, hace que el suelo se erosione, que deje de llover, que falte el agua y que no crezcan más árboles. La consecuencia no deseada pero inevitable de este tipo de acciones es la desertificación de la tierra, y en el caso particular de la Isla de Pascua fue que se acabara esa civilización.
En México tenemos esto en carne viva, pues la guerra contra el narcotráfico ha dejado como daños colaterales, según le llaman nuestras autoridades, un montón de asesinatos, secuestros y extorsiones de ciudadanos que nada tienen que ver ni con los delincuentes ni con los policías y soldados.
De modo, pues, que habría que pensar en cómo resolver las consecuencias inesperadas de nuestros actos cuando tenemos la suerte de darnos cuenta de ellas. En el caso del Viagra, droga que fue creada para otros fines del que ahora se pregona, se les aprovechó muy adecuadamente. En el caso de las malas, se prefiere ignorarlas. Hoy el ejemplo más evidente es lo que está sucediendo en la Alameda Central de la ciudad de México.
Y es que desde hace algunas semanas, cuando comenzaron los trabajos para rehabilitar este histórico parque, el primero que se creó en la época colonial y que a lo largo de nuestra historia ha tenido momentos de abandono y momentos de esplendor, se hizo un daño brutal a algunos de los habitantes de ese sitio: sus aves.
Y esto porque, según han dicho varios vecinos en entrevistas en la televisión, han quitado las fuentes que siempre estuvieron allí para poner cualquier otra cosa, por ejemplo, un teatro. Entonces los pájaros y patos que tradicionalmente acudían a ellas a beber agua, ahora no tienen dónde saciar su sed y muchos están muriendo porque en varios kilómetros a la redonda no hay ningún sitio donde encontrar el líquido. Las imágenes de las pobres aves desconcertadas porque no entienden qué pasó parten el corazón.
Las fuentes en los parques son una tradición mexicana que se debería conservar. Porque además de ser hermosas, son útiles en una ciudad tan seca y llena de polvo como es la nuestra. Y no sólo los pájaros las necesitan, sino que en tiempos de calor los niños las usan para refrescarse y divertirse.
La restauración de la Alameda Central la está haciendo la Seduvi. Ojalá Felipe Leal resolviera este asunto tan sencillo, pero tan importante.
Escritora e investigadora en la UNAM


