El fistol del diablo (dizque)

Nicolás Alvarado es escritor y comunicador. Es autor de los libros Con M de México y La Ley de Lavoisier, así como de la ...
Más de Nicolás AlvaradoMe gustan los fistoles, aun si rara vez los uso en la corbata. Me gusta, sobre todo, poseerlos. Me gusta su condición de objetos inútiles en términos prácticos, me gusta su mansa resignación a la unívoca función semiótica.
En estos tiempos, en efecto, un fistol sólo sirve como símbolo. Tan es así que, de hace unas décadas para acá, la mayoría ha perdido el largo alfiler que solía servirle de base, para devenir meros pins, eficaces herramientas de comunicación que se llevan en la solapa. Así, en nuestros tiempos, un fistol sólo sirve para manifestar urbi et orbi la adscripción a una cierta estética, a un cierta institución, a una cierta empresa o, mejor, a una cierta idea. Tengo algunos -el que luce con orgullo las siglas de mi escuela; el que promueve la desaparecida estación radiofónica maracucha propiedad de mi abuelo- pero los uso poco. A partir de hoy, sin embargo, y hasta nuevo aviso, pienso prender de mi ojal el que menos he llevado de todos: el que, en metal dorado, reproduce la persiana del sol de Pedro Ramírez Vázquez, primer avatar del logotipo de Televisa.
Hace ya siete años que trabajo en esa empresa y, sin embargo, no fue en ella que me lo procuré. Lo encontré por azar en un mercado de pulgas, y pagué creo que 10 pesos por él. Lo adquirí, sobre todo, como manifestación de mi afición por el diseño gráfico, pues tal isotipo -que representa en realidad un ojo que ve al mundo- me parece uno de los hitos mexicanos de tal disciplina. Ahora, sin embargo, lo usaré con un sentido todo otro: para comunicar al mundo que siento orgullo -aunque no acrítico- de trabajar en Televisa.
Hablaré, primero, desde mí ejercicio profesional. Televisa es un medio de comunicación en el que he podido hacer y decir lo que se me ha dado la real gana. Confesar públicamente que he fumado mariguana y que creo que debería ser legalizada (aun si la detesto). Proclamar mi convicción de que toda mujer debe tener derecho a abortar y ejemplificarlo con los de mi esposa y mi madre. Cantar las loas de Sade y de John Waters. Y afirmar que Peña Nieto se me figura el quinto estadio del simulacro baudrillardiano (es decir el simulacro del simulacro, de la nada), todo sin que medie el más mínimo comentario censor de ejecutivo alguno, y mientras Denise Dresser defiende su muy personal y respetable agenda (tan distante de la mía pero, sobre todo, de la de Televisa) en el programa que antecede al mío, del que es colaboradora fija y remunerada.
Cierto: Televisa, como cualquier empresa -como La Jornada o MVS o Carso-, tiene unos valores y unos intereses; de los primeros coincido con muchos y con algunos no; los otros los supongo necesarios a su buena salud y sé que redundan en prácticas a mi juicio atinadas o erradas pero respetables mientras sean legales (y hasta donde sé lo son). En lo que me concierne, me importa que me permita hacer mi trabajo con libertad irrestricta y eso se ha verificado en cada instancia -por adverso a su agenda que haya sido lo que haya yo tenido que decir- por lo que no puedo sino tenerle agradecimiento.
Hoy que tantos se manifiestan en su contra, que sus instalaciones se ven ultrajadas y que sus trabajadores nos quedamos con frecuencia encerrados dentro o fuera de ellas, me es necesario tomar una postura, usar ese fistol. Dirán algunos que se trata del fistol del diablo. Me tiene sin cuidado. Y es que, a diferencia de ellos, soy ciudadano y no feligrés, no creo ni en el diablo ni en Dios.


