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M贸nica Lav铆n

Patti Smith y los j贸venes hoy

M贸nica Lav铆n (DF, 1955) es autora de novelas, cuentos y cr贸nicas. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, Narrativa ...

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02 de junio de 2012

Me ha gustado leer Éramos unos niños, de Patti Smith, a quien conocemos por sus canciones. Tuvimos la suerte de que viniera hace muy poco a la Ciudad de México, y no a tocar a cualquier lado, porque como ella dijo hace muy poco a la prensa por el lanzamiento de su nuevo disco, ella elige dónde quiere tocar. Y eligió estar cerca de Diego Rivera, a quien admiraba desde jovencita ante tres mil espectadores en el Anahuacalli. Yo no estuve entre ellos, pero tuve la suerte de ver a Patti Smith en el Beacon Theatre de Nueva York, el emblemático teatro donde Scorsese filmó el documental de los Rolling Stones. Un teatro íntimo, Patti de cerca, el pelo largo, la camiseta suelta, los pantalones y su delgadez. Patti y la voz, los músicos, los hijos que se han hecho mayores y tienen otro aspecto que el de su madre. Se parecen más a los jóvenes mexicanos que desataron el movimiento que hoy nos ronda el ánimo y ocupa el periódico: Yo soy 132. Leyendo la prosa de Patti Smith me instaló en la ciudad de Nueva York a la que llegó sin un clavo y con mucha curiosidad, más dibujante que cantante y ya con atisbos de poeta. El Nueva York donde conoce a Robert Mapplethorpe, que hace piezas de arte, collage, objetos, dibujos y que se convertirá en su pareja, y luego que él descubra su homosexualidad, su entrañable amigo toda la vida además del fotógrafo que nos dejó retratos de los personajes de una época: Andy Warhol, Peter Gabriel, Patti Smith, desde luego.

Por las páginas de la prosa honesta de Patti, no sólo se revela su propia biografía emocional y artística, sino el Nueva York de fines de los sesenta y principios de los setenta. Por las páginas del libro y los cuartos del Hotel Chelsea en la calle 23, pasan Jimi Hendrix y Janis Joplin, quienes morirán; allí llegan las noticias de las muertes de Brian Jones y Jim Morrison, la maldición de la Jota dice Mappplethorpe. En un mundo de drogas y excesos, de búsquedas, con la guerra de Vietnam de trasfondo, es la voz de los jóvenes, desde la propia Patti Smith, la que va relatando ese momento extremo, donde el mundo se volvió otro: el reto al establishment (Mad men), la contracultura encontró su razón en la poesía de Bob Dylan o de Dylan Thomas, la mezclilla desbancó a los atuendos formales y el pelo largo y los adornos étnicos dieron paso a un mundo incluyente, de reciente estreno de derechos, en Estados Unidos, de negros y blancos, donde la revolución sexual hizo de la libertad para amar y para hacer el amor un derecho desligado de formalismos. El mundo se inclinaba hacia la paz y el amor, hacia la libertad con sus riesgos y responsabilidades gracias a los jóvenes. Los jóvenes tuvimos conciencia de la voz y del cambio. Del mundo que se quería y el que costó muchas vidas por las protestas estudiantiles. Ya Patti Smith se duele en sus páginas del asesinato de cuatro estudiantes de Yale. Eran otros tiempos pero mientras los leo, los evoco, los ordeno (Patti nació en el 46) y sé que esa generación es madre o abuela de los jóvenes de hoy, no dejo de pensar en que son ellos (fuimos nosotros), los de la voz fresca, quienes tienen que reconocer su peso en el mundo que les toca vivir. Hay una involuntaria y feliz coincidencia en leer a Patti Smith y escuchar el rumor de voces, ver la avalancha de jóvenes que ha hecho sentir su parecer en un mundo distinto que les había mutilado el deseo por el reclamo, donde ahora exponen la genuina necesidad de ser tomados en cuenta. De participar. Leo a Patti Smith que cuenta su debut como poeta performancera en la iglesia de St Marks. Atisbos de voces que con poesía iban tomando la ciudad y la conciencia. Los jóvenes no querían ir a la guerra, los jóvenes no querían el mismo mundo de sus padres, que querían tener cosas, status, y que ya eran viejos anticipadamente. Un mundo más justo. Un mundo de todos. Lo que Yo soy 132, difundido por redes sociales y ahora por los medios tradicionales, ha hecho es inyectar de una mirada nueva -tal vez todavía verde, tal vez incierta en sus demandas, descubriendo la necesidad de dialogar- a la sociedad poco entusiasta de esta siguiente elección y dolida por un país minado. La elección parece ser sólo una coyuntura para que los que voten por primera vez quieran que las cosas sean de otra manera, más transparentes, más imaginativas. No se chupan el dedo y tienen sueños. No están quebrados por el descontento sino impelidos por el vigor. Han señalado un malestar que es el de todos. No estamos satisfechos con los proyectos de nación que uno y otro candidato proponen y que no podemos desligar de su pasado largo o inmediato, o por la forma en que lo hacen, o por la poca altura de un debate que agredió la inteligencia del ciudadano, o porque se han olvidado que el 30 por ciento de este país son jóvenes que tienen la fuerza, la imaginación y el deseo de soñarlo mejor. Lo que han hecho los estudiantes, señalando vicios y malestares, es contagiar a otros jóvenes de interés por aquellos que los representan, por la sensación de que ese mundo de decisiones al que no creían pertenecer ni por el voto que ejercerán esta vez, es un México que les atañe. Y no quieren más de las mismas viejas maneras. Y nos contagian a todos. Si me emociona estar en el Village de los años setenta mientras leo a Patti Smith, me llena de esperanza ver a los universitarios del país, sin distinción de zona postal, lanzar la voz que les ha puesto los reflectores: Aquí estamos. Y estamos con ellos.



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