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Héctor de Mauleón

Nostalgia de Bucareli



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28 de mayo de 2012

Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com

En uno de los muros de la cantina La Reforma, hay una fotografía en blanco y negro: uno de los pocos retratos de lo que, algún día de los años 40, fue la avenida Bucareli. El imponente edificio de Excélsior, diseñado por Silvio Contri en 1923, le confiere a la calle un aspecto neoyorquino, que desmienten, sin embargo, los puestos de tortas, los atestados camiones urbanos, las nubes de “papeleros” que aguardan, a las puertas de la rotativa, los ejemplares del día.

Me gusta mucho esa foto. Hay tiendas que venden de todo, y esbeltos postes de luz, y hombres que se cubren del sol con elegantes sombreros de fieltro. Será horrible salir de La Reforma y encontrar una calle a la que el regente Hank González, primero, y el terremoto del 85, después, se esmeraron en convertir en no-lugar: una avenida triste, contaminada, chimuela, sembrada de terrenos baldíos, paredes grafiteadas y edificios cuarteados, abandonados, en ruinas.

A finales del siglo XVIII, el virrey de Bucareli entregó a la capital del país un nuevo paseo: un paseo ilustrado. Se le llamó, precisamente, Paseo Nuevo, aunque el público no tardó en proporcionarle el nombre de su creador. En una crónica maestra, Salvador Novo relata con envidia las delicias que aquella calzada arbolada —más de mil fresnos— procuraba a los habitantes de la metrópoli. Trazado en una zona pantanosa, formada por terrenos desecados, el paseo poseía tres carriles —para coches, jinetes y caminantes— y se hallaba dotado de tres hermosas fuentes (una de las cuales sobrevive, abandonada, en la misteriosa plazuela de Loreto).

Su momento histórico culminante fue la entrada del Ejército de las Tres Garantías, la mañana de 1821 en que la Independencia quedó consumada: se había elegido entrar a la ciudad por esa avenida porque su belleza impelía a la apoteosis. Juárez llegaría triunfante por ese mismo paseo medio siglo después. Nadie explica, sin embargo, las razones por las que Bucareli fue pasando de moda.

Cuando Sebastián Lerdo de Tejada inauguró Reforma, el paseo permanecía cerrado la mayor parte del tiempo: nadie iba a caminar bajo la sombra de sus fresnos. Aunque Reforma chocaba a los paseantes porque el sol hería los ojos de frente al caer la tarde, un gusto inexplicable impuso el triunfo del paseo liberal, y el olvido repentino del paseo ilustrado.

Los terrenos aledaños no tardaron en ser fraccionados. La colonia francesa sentó ahí sus reales —y desde entonces llamamos “colonia” no a un conglomerado social, sino a un territorio urbano—. Comenzó la explosión arquitectónica, la irrupción de calles asfaltadas que hicieron lamentar al cronista Novo: “En la ciudad ya no se pasea, el automóvil ha invadido los espacios en los que la gente sentía los latidos de su ciudad”.

1903: el algodonero español Feliciano Cobián encarga al arquitecto Emilio Dondé la construcción del palacio que todavía lleva su nombre (sede actual de la Secretaría de Gobernación). 1912: Miguel Ángel de Quevedo construye, para los trabajadores de la cigarrera El Buen Tono, y por órdenes de su dueño, Ernesto Pugibet, un edificio de ladrillo rojizo, provisto de privadas melancólicas que tienen nombre de marcas de cigarrillos: Ideal, Gardenia, Mascota. 1921: EL UNIVERSAL inaugura sus suntuosas oficinas en el edificio conocido como La Catedral de la Prensa. 1923: Es inaugurado el edificio de Excélsior (cuyo nombre fue sugerido por un periodista olvidado: José de Jesús Núñez y Domínguez). 1923: el torero Rodolfo Gaona manda construir bajo los dictados del neocolonialismo un edificio exótico, mezcla de tezontle y azulejo: el edificio Gaona. 1924: se inaugura por fin el señorial y afrancesado Edificio Vizcaya, que había sido pensado para albergar a diplomáticos extranjeros y funcionarios del porfirismo —y cuya construcción había quedado suspendida a causa de la Revolución.

Todo eso se halla de algún modo condensado en la fotografía que cuelga en los muros de una cantina. Bucareli es una calle que la ciudad perdió (la ganó Antorcha Campesina). Antes de salir, cierro los ojos. Afuera bufan los tráilers. No sé por qué, recuerdo un verso del poema “Eje Lázaro Cárdenas, 4 A.M.”, de Arturo Trejo Villafuerte: “Hank González nos quitó todo, menos la esperanza”. Apuro el último trago. Es una cerveza. Estoy de vuelta en la calle.



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