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Mauricio Meschoulam

El cuasi-terrorismo en México



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20 de mayo de 2012

Será que algunos de nosotros somos medio necios y repetimos algunas cosas hasta el cansancio. O será que de pronto no queremos callar ante lo que sucede en nuestras narices. Algunos en este país se están disputando el territorio, pero no el del norte, el occidente, o el sur, sino el otro, el inmaterial, el de la mente colectiva, el que nos permite compartir, dialogar, sonreír y soñar. Y sí, lo reconozco, a veces pasa que los vocablos que tenemos resultan insuficientes para comprender y nombrar los fenómenos a los que estamos sujetos. Pero eso no es pretexto para dejar de imaginar nuevas formas de entender y afrontar los temas.

Partamos de lo siguiente: si se busca en México algún ataque terrorista clásico, similar a los que han ocurrido en otros sitios, es probable que encontremos muy pocos, si acaso. Ello sin embargo no implica que muy en el fondo de algunos actos violentos no podamos detectar elementos comunes a atentados clásicos, señalando las diferencias, de acuerdo, pero explicando a la vez la importancia de determinar el impacto que esto provoca en la población.

Varios especialistas coinciden en que si bien la mayor parte de grupos terroristas tienen motivaciones políticas o ideológicas, ello ha ido evolucionando con los años y han tenido que incorporar las metas económicas y sociales en sus análisis. El terrorismo es hoy definido por los métodos; motivaciones hay muchas. El hecho de que un evento pueda ser clasificado como terrorista tiene que ver con los targets del ataque y la manipulación psicológica del acto violento. Si el objetivo de un atentado era específicamente golpear a las víctimas directas (sin que exista un propósito adicional al ataque), entonces el acto no puede ser denominado terrorismo clásico. En cambio, si el objeto de un ataque no es ejercer la violencia en contra de una víctima determinada, sino usar el acto como instrumento para enviar un mensaje de terror hacia amplias audiencias a través de exhibir y publicitar el hecho, entonces el acto puede ser considerado terrorista.

Sin embargo, como lo hemos estado estudiando en el caso de incidentes recientes tales como la masacre de Cadereyta, el destinatario para quien se exhiben los cadáveres desmembrados puede ser otro grupo criminal, el gobierno, la población en general, o todos. Eso no queda necesariamente claro. Lo que sí es evidente, es que existe la operación de determinados elementos cuidadosamente diseñados para impactar la psique de terceros. Es decir, primero se comete un acto de violencia, pero el asunto no queda ahí. El crimen se exhibe, se muestra. La carretera en donde se colocan los cuerpos se transforma en un escenario cuasi-teatral para que los espectadores que atestiguan el hecho a través de los medios tradicionales o sociales, reciban a su vez un mensaje. Lo mismo sucede con los puentes en donde se cuelgan los cuerpos, los centros comerciales en donde se colocan las cabezas humanas, o los videos que se suben a propósito para que las audiencias miren el modo en que los enemigos son torturados.

A este tipo de eventos hay que agregar una clase adicional: esos incidentes en los que sí queda claro que el acto no tenía por objetivo a la gente de la calle, sino quizás un grupo enemigo, o los cuerpos de seguridad del estado, pero que sin embargo, debido a ocurrir en espacios públicos, producen efectos psicosociales prácticamente idénticos a los de un acto terrorista clásico. Por ejemplo, cuando ocurre la balacera en el estadio de Torreón, los espectadores no sabían cuáles eran los móviles de la violencia que ocurría ante sus ojos, ni lo sabían en principio los medios de comunicación ni los cientos de miles de personas que reproducían el pánico en las redes sociales. Y claro, poco tiempo después nos enteramos que el enfrentamiento tuvo el escenario del estadio por accidente, lo que descarta completamente que el hecho pueda ser denominado terrorista. Pero al final del camino, eso resulta irrelevante para los millones de mexicanos que de acuerdo con las investigaciones que estamos publicando, están padeciendo síntomas de trauma y estrés asociados con la violencia.

En pocas palabras, el hecho de que ciertos incidentes puedan ser catalogados como terroristas, cuasi-terroristas, o violencia de otra índole, es indiferente en términos de las estrategias que debemos implementar para atenuar el miedo colectivo en el que estamos cayendo.

Afortunadamente, existen propuestas para reducir el impacto psicológico que esta clase de violencia produce. Pero el primer paso es siempre reconocer y concientizar que estos mecanismos están paulatinamente haciendo presa de lo más preciado que tenemos, nuestra libertad para decidir con conciencia las alternativas que como seres humanos y como sociedad queremos tomar para el futuro. Eso es lo que no podemos permitir.

@maurimm



Editorial EL UNIVERSAL Delincuencia juvenil al alza


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