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Álvaro Enrigue

Las lecciones de Fuentes

Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un in

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16 de mayo de 2012

Empecé a escribir profesionalmente a poco de haber cumplido 20 años, en las páginas de cultura de El Nacional. El primer libro de Fuentes que me asignaron para reseñar fue El naranjo o los círculos del tiempo (1993). Desde entonces, cada que Fuentes sacaba un libro, algún suplemento o revista -muchas veces de referencia- me pedía una nota. Los reseñé todos hasta La silla del águila, de 2003. Fueron seis o siete volúmenes entre libros de cuentos, novelas y colecciones de ensayos. Nunca cedí, en las reseñas que escribí sobre sus libros, a la tentadora fama instantánea que trae consigo crucificar a un autor mayor, pero tuve reparos y me explayé sin miedo sobre ellos.

Por 2008 o 2009, en una feria editorial grande y extranjera, frente a un auditorio sospechosamente lleno para un autor más bien marginal como yo, alguien del público me preguntó qué sentía sobre lo que Carlos Fuentes opinaba de mi. Le respondí que no creía que Carlos Fuentes supiera quien era yo, pero que si tuviera que sentir algo, sería miedo: yo había sido un crítico duro de sus libros -lo dije muy orondo, como dice uno todas las tonterías. Me quedé de una pieza cuando el hombre de la pregunta me explicó que esa mañana, en la radio, Fuentes había recomendado mis libros. Por eso estaba lleno el auditorio. Luego supe el lado B de la historia -me lo contó el propio Fuentes la última vez que lo vi. Se había descubierto en un vuelo trasatlántico sin nada que leer y Silvia Lemus, su mujer, estaba terminando una novela mía, así que la leyó. No sólo habló bien de mi en el radio, al poco escribió una reseña demencialmente generosa -igual que todas las que le leí de autores más jóvenes que él.

Esa amplitud de corazón fue la más reciente, pero no la única, de las lecciones que he aprendido de Fuentes. Las demás las había ido acumulando con los años en ese acto todavía milagroso que es la lectura. Creo que si mi generación discutió tan constantemente y con tanta vehemencia con él fue porque no podemos concebir lo literario sin su presencia -no se ha ido a ningún lado, los grandes escritores no se mueren. Mi trabajo como novelista no es ni explicable ni entendible sin la experiencia que supuso para mi, leer en la preparatoria Las buenas conciencias -todavía me emociona el olor de ciertos libros porque me recuerda la pasión con que hice esa lectura--, y más tarde La región más transparente, Cambio de piel, La muerte de Artemio Cruz, Agua quemada. Mi novela que más se vende discute con él desde el título; la más vituperada es, entre otras cosas, un agarrón con Las buenas conciencias. Y sospecho que mi caso es extensivo: fue la espina dorsal de la literatura mexicana del siglo XX. Fue, como Octavio Paz, el punto de referencia de un siglo y sus generaciones, una figura tal vez ya imposible en el mundo más bien onanista y repleto de nichos en el que vivimos (un mundo en el que es inadmisible un autor con bigote): el escritor ineludible, siempre presente para su bien y mal. Fuentes fue, es un autor -y si me apuran, hasta un tipo de mexicano-- en cuya corriente nos montamos para pasar a lo que sigue o para bregar contra ella.



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