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Porfirio Muñoz Ledo

Cambios perdurables

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD

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15 de mayo de 2012

Asistí al decepcionante debate electoral organizado por el IFE entre los candidatos a la presidencia de la república y en la madrugada volé al Ecuador para cumplir obligaciones contraídas como veedor internacional de la reforma del Poder Judicial, dentro de un grupo de personalidades que coordina el juez Baltasar Garzón. Regreso a México para participar en un coloquio universitario sobre los cambios políticos que iniciamos en 1986.

La realidad merece ser vivida de cerca, pero también observada desde la lejanía y en la perspectiva del tiempo. Por eso viajo y converso intensamente con mis contemporáneos. Estos días me han permitido reflexionar sobre la duración de los tiempos históricos. La necesidad de emprender con sentido de rumbo cambios de largo aliento, susceptibles de convertirse en instituciones perdurables y modificaciones sustantivas en la vida social.

En ese sentido el debate político mexicano apenas alude a símbolos referenciales, en el trasfondo de una catástrofe nacional, pero aún no están trazados los términos y los tiempos de la transformación que se impone. Si se quiere, el carácter revolucionario de esta elección. La conciencia de que es indispensable inaugurar una época distinta en la trayectoria del país. La certidumbre de que un periodo de casi 30 años ha expirado y que es indispensable reconstruir las instituciones nacionales dentro de un modo pacífico y equitativo de convivencia.

Partidario acérrimo como soy de una nueva Constitución -la llamamos IV República-, no me escapa que se trata sólo de un nuevo comienzo en el que hay que bregar a partir de una moral pública diferente y mediante en esfuerzo sostenido de cuando menos una generación. Implantar la voluntad de cambio como una estructura de larga duración. La tarea es construir la institucionalidad deseada sobre la fragilidad de las transiciones.

Durante cuatro días en Quito, Cuenca y Guayaquil atendimos multitud de exposiciones, reclamos, propuestas y decepciones en torno a un solo y gran tema de la agenda nacional: la reforma de| la justicia aprobada por referendo el 7 de mayo de 2011 y cuyas columnas torales se están edificando durante 18 meses. Abarca desde la infraestructura, la renovación de la judicatura, una nueva legalidad y una cultura jurídica diferente. Quizá el esfuerzo más ambicioso en este campo que se haya intentado en la región.

Si revisamos la constitucionalidad de América Latina, a partir de la abolición de las dictaduras, observaremos que un notorio ausente es la reforma de la justicia, como si fuese un poder ajeno a los sucesos políticos y sólo bastara cambiar a los actores para que se comportara de modo diferente. De ahí en gran medida el rezago que arrastramos en acceso a la justicia, corrupción, impunidad y rendición de cuentas.

En tiempos recientes y bajo el imperativo de adoptar las instituciones judiciales a una doctrina trasnacional de seguridad, los cambios impuestos o frustrados corren en sentido regresivo. Dígalo si no la ampliación constitucional del arraigo, el mantenimiento del fuero militar en casos de violaciones a civiles, la insistencia en el viejo modelo inquisitorio y persecutorio, el proyecto de instaurar un estado de excepción sin autorización del Congreso o las reformas penales que permitirían la fabricación de culpables.

Si decidiésemos adoptar una camino opuesto, en consonancia con la jerarquía constitucional que han adquirido en el país los derechos humanos consagrados en los tratados internacionales, tendríamos que andar un largo camino. En mi experiencia ecuatoriana he descubierto que no se trata solamente de echar a andar un nuevo andamiaje institucional, sino de asegurar su independencia y su eficacia. Que estamos frente a una reforma política de gran envergadura, pero sobre todo frente a un cambio cultural que tomará años de perseverancia para arraigar.

He ahí los temas que debieran explicitarse en el debate político mexicano: la educación, la energía, la democracia, la seguridad, la igualdad y la justicia. Los que verdaderamente tienen carácter estructural. Hay tiempo todavía para que prenda la esperanza y se afirme la convicción de que, más allá de esta era de cambios, enfrentamos un cambio de era.

 

Diputado federal por el PT



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