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María Teresa Priego

Tristes trópicos

Tabasqueña. Feminista (tendencia retro) Estudió Letras en la Universidad de Monterrey. Diplomado en Historia del Arte en Roma. M

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12 de mayo de 2012

Me toma la memoria. Me ocupa. Con mi venia o a pesar mío. A como sucede, cuando sucede. Para donde te muevas: filtraciones, gotitas, torrentes. Una imagen tras otra. Olores. Sensaciones. Suavecita o brutal la memoria, depende de las horas. En todo caso, expansiva y tenaz como humedad en las paredes. La ciudad de los orígenes. La de la Ceiba y los lagartos. La del malecón que lame el Grijalva. La del museo La Venta. Me habito acá, entre una cabeza olmeca y una laguna que se llama: De las ilusiones. No deja de conmoverme el amuleto verbal. Me hundo en el silencio. Hecha de silencios. Historia entrecortada. Lengua cortada.

Nos miramos fíjamente esa cabeza olmeca y yo. Me vibro heredera de su mutismo aferrado y milenario. Le cuento de las realidades y los imaginarios y los fantasmas familiares. Genealogías. Está allí inmóvil. Abrazada por el sol. Bañada por siglos de tormentas. Su sabiduría es el tiempo. Me acerco a su oreja y le murmuro: “Eres una cabeza gigante porque estás llena de memoria. Ayúdame tú. Eterna. Sabia. Guardadora. Ayúdame a abrazar este silencio que me habita y a reconocerme en las palabras indispensables y acuáticas”. Anegarme. Sumergirme. Navegar. Escuchar lo que se dice en una familia. Y todo lo que no se dice. Lo que se dice porque es necesario decirlo, y lo que se dice para encubrir lo que está prohibido decir. Cada familia es —también— un tejido de negaciones y de “indecibles”, más que sabidos. Nuestros tatuajes invisibles.

Cuando era adolescente, a la cabeza olmeca le leía poemas de Pellicer, Gorostiza, José Carlos Becerra. Nos fuimos encariñando. Supongo que la vivía como a una especie de ancestra que habitaba al mismo tiempo, su único territorio conocido y su exilio. Como yo. Emparentadas en la inadecuación. Vuelvo al museo La Venta, como a mi escondite secreto. Vuelvo buscando arraigo. Pertenencia. Quizá alguna forma de perdón que no logro frasear. Soy una hija fugitiva de los trópicos. Y amo intensamente a esos trópicos a los que no soporto. Los de los amaneceres de infancia y adolescencia que cantan y sangran.

¿Acaso para construirnos no tenemos cada una/o que traicionar una parte de nuestra infancia? Me toma la memoria, conmigo y a pesar mío. Me dejo hacer. No hay nada de qué defenderme, sino sólo de mi afán de defenderme. Una intenta volverse rigidita cuando anda amenazada. Duelen la espalda, los brazos, los dedos de los pies. Somatizar. Duele todo en el cuerpo, con tal de que no duela la herida verdadera. La del tiempo. La de la distancia. La de los deseos y elecciones de vida que nos fueron alejando de los orígenes. Nuestros parteaguas que nos hacen lo que somos, los que nos obligan a aceptar todo lo que no pudimos ser. Aunque nos hubiera gustado tanto complacer, a quien hubiera que complacer. Pero estaba esa sensación de extranjereidad y de exilio. Me habitaba esa inquietante extrañeza.

A veces nos convertimos en silencio. Un par de ojos ávidos. Un par de oídos ávidos. Abro uno de esos baúles “de los recuerdos”. ¿Desde cuándo no me asomo a estos baúles? ¿Desde cuándo no miro nuestras fotos de infancia? Dialogar con el tiempo. Reconciliarnos. Mi tiempo de la ciudad de los orígenes está quebrado adentro mío. Quizá nunca he sabido muy bien qué hacer con esa quebradura. Lengua cortada. Quisiera colocar en este texto una sobredosis de puntos. Escritura entrecortada. Tajo, como en las sesiones lacanianas. Mi padre entendió mi fuga sin juzgarla. Me perdonó, mucho antes de que pudiera perdonarme yo. Cómplices, quizá. De su exilio interior a mi exilio interior. Sospecho que siempre ha sido un extranjero en su territorio conocido. No se lo voy a preguntar.

Recupero la foto de bodas de mis abuelos. La boda de mis padres. Mis hermanos pequeños. Sudo. Podría encender el aire artificial. Pero no me muevo. Hay algo de reconfortante en este calor desalmado. Sumergida en el baúl de la memoria, con el cuerpo anegado por el sudor. Gotas. Quizá sustituyen a las lágrimas. No lo sé. Estoy en el exacto lugar en el que quiero estar. En la habitación de al lado de mi papá. Hemos conversado. Me dijo muchas palabras indispensables. Ésa es mi bienaventuranza.

Y que los avatares de las periferias no nos hagan perder el centro. Que nos sean dadas las palabras precisas y acuáticas. La cabeza olmeca sigue en su sitio. Guardiana de la laguna De las ilusiones. Nosotros esperamos una visa. Esperamos una operación. Esperamos a que mi papá pueda volver pronto al rancho, con el ímpetu de su frase guerrera: “Hoy soy un hombre libre, y correré por los campos”. Esperamos. Y su pasión por las varias vidas que le faltan, es, hoy, nuestra bienaventuranza.

Coordinadora académica del Instituto Simone de Beauvoir. Liderazgo y Formación.



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